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agosto 10, 2015

El Amor Imposible De Memo Beltrán Y Doris Rivera



Esa madrugada, como a las tres, Memo decidió que ya era demasiado. Tenía que hacer algo, cualquier cosa. No entendía bien que le pasaba. En el colegio le habían explicado un poco de esto, pero todo lo relacionado con “aquello” siempre tenía un saborcillo a culpa y pecado que no lo tranquilizaba en absoluto.

Molesto, embarrado y con vagos recuerdos del escabroso y frustrante sueño que le había causado ese bochornoso incidente, se desvistió y tomó una ducha fría.

Todo había empezado un par de meses atrás, cuando vio un comercial en la televisión de una bebida gaseosa muy popular y que era su favorita, “Cholita”. En este comercial hacía su aparición una bella chica en un breve bikini que acentuaba sus insinuantes curvas. Memo quedó obsesionado instantáneamente con ella, Doris Rivera. Él ya la conocía pues había ganado un concurso de belleza y se había dedicado al modelaje televisivo.

Además eran los años sesenta, y en la playa ya se podía ver a algunas chicas con bikini, por lo que esto no era tampoco novedad para él. Eso sí, agradecía que le hubiera tocado vivir en esa época, pues las cucufaterías de usar ropas de baño de una pieza estaban quedando atrás. Nadie podía negar qué bonitas se veían las chicas en bikini. Y las minifaldas… ¡Eran lo máximo!

Doris Rivera era la mujer más hermosa y sexy que él había visto en su vida, aunque fuera solo por televisión y en revistas. Ni la “Miss Universo” o las más bellas artistas de cine podían competir con ella, a su juicio.

Aquí ella se mostraba en la playa, corriendo y jugando femeninamente con una gran pelota, y después saboreaba con sensual placer la dichosa bebida. Es posible que saciara su sed, pero también lograba aumentar la del pobre Memo. Se arrebolaba, y su cara mostraba un fuerte rubor, pero lo más aterrador fue la erección. Era igual que cuando necesitaba hacer pila con urgencia o cuando se levantaba en las mañanas.

Hasta ese momento, cuando sentía una, no le daba importancia. Seguía leyendo el Tesoro de la Juventud o algún chiste nuevo. Ya pasaría. Y efectivamente, pasaba. Pero en este caso, fue la primera vez que le ocurrió al ver a una mujer. Hasta ese día, Doris Rivera era lo que se llamaría un amor platónico, pero el incidente marcó el final de esa etapa y el inicio de una muy tortuosa para Memo Beltrán.

Lo que le pasó la semana pasada al ir a la matinée del domingo con los chicos y chicas del barrio fue terrible. Le había tocado sentarse al lado de Connie de pura suerte, creía él. Connie le gustaba más que las otras chicas, pero estaba seguro que ella ni lo miraría.

Antes de empezar la película, pasaron algunos comerciales y para su desgracia, se encontró con Doris Rivera tomando “Cholita” en la playa, en bikini, a todo color y de cuatro metros de alto frente a él. En Technicolor y Cinemascope.

De las catorce pulgadas y la imagen en blanco y negro del televisor de su casa a esto, había un mundo de diferencia. Fue mucho para el pobre. Sin control alguno, tuvo una erección feroz y dos minutos después una copiosa eyaculación sin absolutamente ninguna intervención suya. Connie lo miró extrañada al ver que él temblaba y se contorneaba en la butaca. Le preguntó

- ¿Te sientes bien Memo?
- Siií. Es que me ha dado un calambre… – murmuró Memo arrastrando las palabras, aún fuera de control, agradecido de haber podido responder algo que tuviera sentido.
- ¿Quieres que te ayude en algo?
- ¡Nooo! – el grito de Memo se escuchó hasta en la mezzanine. Todo el mundo volteó a mirarlo. Su embarazo fue aún peor.

Permaneció petrificado, sin moverse un milímetro el resto de la película y se fue cinco minutos antes del final, con el cine aun a oscuras, casi corriendo hacia su casa. ¿Cómo le podía pasar esto, justo cuando Connie se había sentado a su lado? No pudo, ni quiso dirigirle la palabra a pesar que ella le hacía constantes preguntas sobre la trama, a lo que él contestaba con monosílabos, o simplemente “no sé”. Vergonzoso, definitivamente. Ella pensaría que él se había vuelto retrasado mental o algo así.

Memo había ingresado oficialmente a la adolescencia, esa edad en que el afán de aprender todo lo posible del sexo opuesto y esas excitaciones febriles al ver una mujer ocupan la primera prioridad en la mente de cualquier muchacho.


Acababa de cumplir trece años y se estaba iniciando en el mundo de las enamoraditas, los flirteos, las primeras fiestas y los primeros besos. Memo no se explicaba como hace tan solo un año jugaba con ellas mata-gente, montaban bicicleta y de un momento a otro dejaron de usar trencitas, faldas vueludas, zapatos blancos con medias cortas y shorts hasta la rodilla para pasar a vestidos ajustados y atrevidas minifaldas. Lo peor no era sólo el cambio, sino que Memo se percató con sorpresa que ya no las podía tratar como antes y no sabía ni siquiera como dirigirles la palabra. Si antes eran odiosas e insufribles, hoy eran atractivas y misteriosas.

Memo era un chico tranquilo y hasta un poco ingenuo. Era de los primeros de la clase y su conducta era impecable. Dentro de la libreta de notas había una categoría llamada “Deberes Generales”, totalmente subjetiva y a criterio del colegio. En ella habían cuatro temas: Deberes Religiosos, Conducta, Aprovechamiento y Deberes Sociales, Siempre tenía la máxima nota en los cuatro. Nunca supo que significaba Deberes Sociales, pero sospechaba que era para señalar a los que no se bañaban y andaban todos sucios.

Siempre fue un poco tímido hasta que agarraba confianza con alguien, y una vez logrado, se volvía extrovertido, cálido y hasta cariñoso. Pero en este caso, ¿Qué? ¿Qué les podía decir? ¿Cómo empezar una conversación?

Pensaba que los hombres eran más sencillos en todo. Al no tener hermana, no podía saber de la sensibilidad y volatilidad de humor de las mujeres, ni su atención a los detalles, menos aún su obsesión por el espejo y la limpieza corporal. A su juicio, el hombre crecía, se le engrosaba la voz y le salían bigote y barba.

Y uno era más hombre si podía escupir más lejos que los demás. Además si el escupitajo tenía flema, ya podía hablarse de tener una reputación. Tenía que ser bueno jugando a la pelota y manejando carro patín. Había que saber volar cometa y jugar trompo. ¡Listo! Eso era todo. Ya se era hombre hecho y derecho.

Intentó averiguar lo que pudo de esta complicación de todas las maneras posibles, pero había sido en vano. Su colección del Tesoro de la Juventud no tenía nada al respecto. Sondeó a su papa, pero éste se hizo el cojudo: “Esas son cosas de hombres. Solito te vas a dar cuenta”. Entonces pensó en los profesores del colegio, así que habló con el profesor de Anatomía – después de todo, ¿quién más que él para saber de estas cosas? – pero fue enviado a hablar con el Padre Gómez, director espiritual del colegio.

El Padre Gómez tenía casi ochenta años y le habían dado ese cargo porque ya estaba muy viejo para enseñar. Se pasaba casi todo el día en el confesionario haciendo la siesta o repartiendo catecismos y folletitos sobre el despertar del “vigor juvenil” impresos en España hacia más de treinta años. (La palabra “sexo” y todos los términos asociados estaban prohibidos en el colegio). El joven que salía en la portada, de unos catorce años, vestía pantalones cortos, medias hasta la rodilla, tirantes y gorrita. Memo solo había visto esa vestimenta en fotografías anteriores a la Segunda Guerra Mundial, de amigos del colegio del abuelo, que él conservaba con mucho cariño, pues era uno de los pocos recuerdos de su tierra natal. Al hablar con el buen Padre, éste lo invitó a confesarse y le dio una bendición especial. Pero de respuestas, nada. Es más, al llegar al confesionario, el pobre se había olvidado la razón por la que habían ido allí, aunque lo confesó de todas maneras. Nunca estaba demás, pensó.

Ya en la mañana posterior a su incidente nocturno, Memo estaba decidido a tomar al toro por las astas. Como era metódico y responsable, hizo una lista de las cosas necesarias para controlar este absurdo problema:

1. Tomar duchas frías (varias al día)
2. No pensar en Doris Rivera jamás de los jamases.
3. Hablar del asunto con el profe de Educación Física. (El único que le tengo confianza)
4. Preguntarle al Chato Paiva. (El Chato sabe de todo. Eso sí, con cuidado, no fuera a pensar que soy todavía un niño curioso. Ojo: darme mi lugar siempre)
Nota Importante: Al profesor de Educación Física también preguntarle porque me siento culpable, si es tan rico. Al Chato, ni una palabra.

Y Memo partió resuelto y optimista al encuentro con su destino. El día transcurría sin novedades. Se sentía mucho más tranquilo, ahora que ya tenía un plan. Esperó pacientemente al recreo para ir a hablar con “Ojo de Gallo”, el profesor de Educación Física que se había ganado el apelativo debido a un pronunciado estrabismo que él usaba eficientemente para hacer creer a sus alumnos que podía ver en varias direcciones al mismo tiempo. Tipo criollo y campechano, era el único que decía lisuras y los alentaba en los ejercicios con pullas y apodos que todos celebraban.

Lo encontró en el patio con dos defensas del equipo de fulbito de Cuarto de Media, que habían perdido contra su clase por 4-0. Rió interiormente al recordar la goleada. ¡Qué tal pateadura! ¡Primero de Media, una tira de enanos contra estos manganzones grandotes! Y es que con dos delanteros como el Pescado Yépez y el Chino Yamamura le iban a ganar hasta a Quinto con seguridad. Al acercarse lo miraron con sordo rencor, pero Ojo de Gallo les dijo

- Bueno, muchachos, ¡ánimo y no se ahueven en el próximo partido, ya saben!

El profesor Tenorio era de estatura media, con un peinado hacia atrás hambriento de gomina y una nariz inmensa. Su imagen hubiera sido muy cómica si se añade el detalle estrábico, pero había algo en su manera de mirar, de moverse, que inspiraba mucho respeto. Como que estuviera transmitiendo un claro mensaje de superioridad y agresividad física que instintivamente frenaba cualquier imagen graciosa en la mente de su interlocutor.

Volviéndose a Memo, le preguntó

- ¿Hola Beltrancito, que necesitas?
- Profe, quería hacerle una consulta muy personal.
- Plata no tengo, carajo. Pídeme otra cosa.
- No profe, para nada. Es algo más íntimo, más serio.
- ¡No me digas que te has llenado a una hembrita! Estas muy pichón para eso. Aunque nunca se sabe. En estos tiempos…
- ¡No, no! ¡Ni loco! Tiene que ver con eso de la masturbación que nos han explicado en la clase.
- ¡Vaya, Beltrán! ¿Ya estas volando cometa? No te preocupes, todos pasan por eso. Es parte de la adolescencia, muchacho.
- Tampoco, profesor Tenorio – usó el apellido para que se pusiera serio – Es algo más complicado que eso.
- ¿A ver, qué pasa, Beltrán?
- El problema, profe, es que no puedo evitarlo. Yo ni me toco, ni nada, pero me despierto así y el otro día me pasó en el cine. Solito nomás, yo no hice nada, se lo juro, y de repente ¡todo embarrado!

Ojo de Gallo se rió a mandíbula batiente del pobre Memo, quien lo tomó a pecho y le dijo muy seriamente

- ¿Y usted cree que eso es broma? ¡No se pase, pues profe! A ver, ¿si le pasara a usted?
- No Beltrancito, no me rio de ti. Lo que pasa es que lo tuyo es muy frecuente.
- Claro que no había escuchado de ningún muchacho que le pasara en el cine así, sin tocarse. Te fuiste a ver una de mayores de 21, seguro ¿no?
- No profe, fue la matinée del domingo, habíamos ido un grupo grande y era para mayores de 14.
- Bueno, bueno, te creo. Lo que te está pasando es completamente natural y se llama polución; suele ocurrirle a los muchachos como tú, que están entrando en la pubertad. La mayoría de las veces es durante el sueño. Ahora, así como a ti, nunca he visto, la verdad. Yo no me preocuparía mucho, relájate. Puede ser que estés obsesionado por el asunto. Te aseguro que si lo tomas con calma, no te volverá a pasar.
- ¿O sea que no es pecado?
- Mira Beltrán, yo no soy cura, pero estoy seguro que si no lo haces a propósito, todo está bien. De todas maneras, anda pregúntale al padre Gómez.
- Muchas gracias profe, voy a preguntarle a él – Memo pensó que eso implicaría otra confesión, más catecismos y folletitos, así que no iría ni pagado.
- Anda nomás hijo. Ya sabes, deja de preocuparte. No es ningún problema serio. Mas bien agradece. Yo sé por qué te lo digo – Ojo de Gallo, hombre de edad madura, se quedó pensando con envidia y melancolía en cuanto daría por tener el mismo problema.

La campana indicaba que el recreo llegaba a su fin. - ¡Con las justas! – se dijo Memo. Con el alma y la conciencia tranquila, sentía que el problema ya estaba resuelto. Ya no hablaría con el Chato Paiva, que después de todo, era medio chismoso y estas cosas eran muy personales. Lo mejor, pensaba, es que él no estaba haciendo nada malo. Podría seguir yendo a misa y comulgando frente a las hembritas, para que vieran que no tenía nada que ocultar. Sólo le quedaba explicar a Connie por qué salió antes del cine. Bueno, ya llegaría el momento. Que sentía mucho dolor en la pierna, que lo esperaban temprano en su casa, lo que fuera. No sería problema alguno.
Decidió además, cerrar los ojos y evitar mirar cualquier comercial o foto de Doris Rivera. Era un hecho: no pensaría más en ella.

Pero es fácil decidir y difícil cumplir. Memo no contaba con que al día siguiente se despertaría después de una húmeda y tórrida noche soñando con Doris. Lo poco que recordaba era haberse cruzado con ella en el aeropuerto llevando una botella de “Cholita” en la mano y al pasar a su lado ella lo miró muy tentadoramente, con esos ojos entre verdes y azules que lo mareaban. Llevaba un vestido muy corto, de un rojo flamígero. A Memo le bastó verla para tirarse como un gato en celo sobre ella, sin saber realmente qué hacer, pero apretando y acariciando cuantas partes del cuerpo de Doris pudiera. ¡Y en medio del aeropuerto! Sintió que se hundía en un abismo de placer incontrolable y repentinamente se despertó, cuando el sueño le auguraba que lo que venía sería mucho mejor que lo que había experimentado.


Al despertarse, y aunque un poco mortificado mientras se aseaba con pulcritud, recordó algunas de esas escenas con cariño e ilusión. Se imaginó en una playa paradisíaca con Doris, los dos haciendo el amor de una manera que no estaba seguro si era la correcta, pero con pasión absoluta y mucho amor.

¿Amor? – Reaccionó con un violento estremecimiento. ¿Amor, eso era lo que estaba pensando? – Memo dejó paso a sus sentimientos y se dio cuenta que efectivamente, se había enamorado de Doris Rivera.

Nunca se había enamorado antes. Las referencias que tenía eran de algunas películas y de los mayores del barrio que ya tenían enamorada. Sin duda era bacán andar por la calle con el brazo abrazando a una chica, y aquellas parejitas que se sentaban en la parte de atrás del cine lo pasaban bien a todas luces, aunque fuera en una oscuridad casi total. Las ideas contradictorias circulaban a toda velocidad en su confundida mente en una lucha evidente entre hormonas y sentimientos, de lo cual Memo ni se percataba.

Súbitamente sintió que todo tenía sentido. ¡Se había convertido en un hombre adulto!
Atrás quedaban las tonterías de peliculitas, flirteos furtivos, y prematuros escarceos con las chicas del barrio. El destino lo había llevado a una difícil encrucijada en la cual tenía que optar por un amor imposible y la vida muelle y fácil de los muchachos de su edad.

Sin dudarlo, Memo entendió que tenía que aceptar el reto. Como le había dicho su profesor de Gramática, el camino del hombre era siempre el más difícil. ¡Llegó el momento de demostrarle al mundo y en especial a Doris Rivera, de que madera estaba hecho Guillermo Antonio Beltrán Zamora! Pero… ¿cómo?

Eran los tiempos de la televisión en vivo y Memo sabía que Doris era la modelo de un popular programa de entretenimiento, “El Show de la Una” que se propalaba por el canal 8 a esa hora, así que decidió no ir al colegio el día siguiente. Iría al canal, y la esperaría en la puerta, confesándole su amor y sus intenciones. Solo le pediría que lo esperara cinco años. A esa edad ya habría terminado la secundaria y habría conseguido un trabajo con el cual podría mantener un pequeño departamento. El amor llenaría con creces cualquier privación. Mientras lavaba sus calzoncillos y pijama, pues no quería que su mamá se diera cuenta, seguía construyendo con mucha ilusión sus castillos en el aire.

Esa mañana, se vistió con sus mejores galas, se afeitó por primera vez aquel bozo que a duras penas se notaba y usó la mejor colonia de su padre. Una última mirada en el espejo le dio cierta seguridad. No se le veía mal y hasta parecía un poco mayor que su trece años. Cualquiera pensaría que tenía por lo menos catorce.

Se dirigió a la mejor florería que conocía y gasto todos sus ahorros en un ramo de rosas rojas muy hermosas. Ya estaba listo para enfrentar el desafío que cambiaría su vida por completo.

Llegó al canal poco antes del mediodía y se dispuso a esperar pacientemente después de averiguar con el vendedor de periódicos de la esquina cual era la entrada de los artistas. Éste lo miro con simpatía y en un tono irónico le dijo

- Es en la puerta chica que ves en la calle de al lado. ¿Son para tu enamorada?
- Sí, pero todavía no se lo he dicho.
- Es alguna de las bailarinas del show?
- No, la que va a ser mi novia es Doris Rivera.

El vendedor no pudo reprimir la carcajada, pero como veía la ingenuidad y sinceridad de Memo, replicó

- ¡Suerte muchacho! Te ves un poco tiernito para ella, ¿no?
- Sí, no crea que no me doy cuenta, Pero estoy dispuesto a todo. ¡Me voy a casar con ella!
- ¡Te deseo lo mejor, chiquillo!

Lo miró alejarse temiendo el desenlace de aquel aventurado intento de Memo. Pero con los años que tenía en esa esquina, había visto cosas peores.

Unos veinte minutos antes del programa, llegó Doris. La traía un hombre maduro, impecablemente vestido y con aire muy distinguido. El auto era un deportivo convertible del año que hacía que Doris se viera aún más encantadora.

Memo se sorprendió de la multitud que se había congregado para recibirla. Pero logró mantenerse siempre adelante y apenas bajó del auto, Memo casi se abalanzo sobre ella en un intento desesperado de ser el primero en hablar con ella. Solo logró asustarla, pero alcanzó a ofrecerle las rosas, un poquito maltrechas y decirle ¡Doris te amo! en el tono más apasionado que pudo con lo que el escabroso problema que lo aquejaba tomó control de su naturaleza.

Doris le recibió las flores con una sonrisa y le dijo ¡Ay, gracias! y siguió su camino ingresando al canal mientras Memo seguía estremeciéndose en una situación terriblemente embarazosa. Ella ni siquiera se percató del estado de Memo. El gentío alrededor simplemente se desplazó al ritmo de Doris, ignorando afortunadamente a Memo, quien permaneció en medio de la vereda, avergonzado, humillado y con el corazón hecho pedazos. ¡Cuán terrible es el amor!


Memo cumplió con su resolución de evitar por todos los medios posibles ver imágenes de Doris Rivera, pero el fenómeno de erección súbita le empezó a ocurrir con la sola vista de la bebida que ella promocionaba, la “Cholita”. Obviamente era una molestia, pero no llegaba a los húmedos límites de las imágenes.

Finalmente, el año escolar llegó a su fin y a pesar de todo, Memo terminaría con muy buenas calificaciones. Para los exámenes finales, el Ministerio enviaba a un profesor externo que como jurado supervisaba la correcta conducción del examen.

Para el curso de Matemáticas, la materia más fuerte de Memo, se presentó un venerable y voluminoso profesor, quien manifestó desde un principio sus molestias por el calor y la sed que sentía.

El profesor Cano, encargado de la materia, distribuyó las pruebas y Memo al recibirla se dio cuenta que era sumamente sencilla. ¡Sin duda, se sacaría un 20!

Al momento de empezar la prueba, ingresó un asistente del colegio, llevando unas botellas de “Cholita” para el jurado y el profesor Cano, como una gentileza.

Ya con el examen en la carpeta, Memo alzó la vista y vio las flamantes y brillantes botellas en el pupitre del profesor.

Memo sufrió el más violento orgasmo del que tuviera memoria.

Su nota final fue 04.

julio 13, 2015

Un Día en Texas

Había regresado de Lima hacía unos pocos días, donde fui a levantar mi alicaído ánimo por mis múltiples y molestos achaques y para tramitar mi retiro. La familia y los extraordinarios amigos que tengo son un bálsamo infalible. Nunca antes había pensado en eso de la jubilación  y de improviso, me encontraba frente a un hito clave en mi vida.  Estoy aún indeciso en cuanto a mi futuro y la sensación de incertidumbre no es agradable.

Pero el sábado siguiente, ya en mi rutina diaria, me encontré con un día especial.
Raro. Bonito, pero raro. Nada hacía presagiar que así sería. Húmedo, nuboso y de primavera en San Antonio. Ni siquiera parecía hermoso.

La bruma despertó en mí la añoranza de Lima, con su  permanente neblina y ese color de cielo que los limeños denominan "panza de burro", indefinible, ni blanco, ni gris, ni nada. Como un velo inmenso y denso al que uno se acostumbra pero que imperceptiblemente influye en el ánimo de la gente. De cierta forma, los limeños son así, ni blancos, ni grises, indefinidos en el sentido de vivir siempre dentro de esa holgura y comodidad que da la incertidumbre, el no tomar partido claro por nada, vivir libre de pasiones y resentimientos y  tampoco cambiar la vida ni la actitud de nadie.

Ya lo afirmaba Don Hipólito Unanue, ilustre médico limeño del siglo XIX en su tratado sobre el clima de Lima y su influencia en los limeños: "Son los limeños de corazón suave, alma mas pronta y penetrante, pero menos fuste en el pensar y obrar".
Bolívar se atrevió a decir que el ambiente limeño era capaz de "afeminar a cualquier hombre".

Lima es una ciudad engreidora, en la que es fácil encontrar un área de comodidad y lugares comunes con otras personas sin inmiscuirse ni involucrarse realmente.
Las palabras son suaves, eufemísticas muchas veces, y aparentemente inocuas. El limeño en general, parafraseando a Bryce Echenique, hace un gran esfuerzo "para no molestar".

Yo era feliz así. Manejaba con suma facilidad mis palabras y mis opiniones, cuidándome mucho de "no molestar" a nadie, a no ser que lo hiciera adrede. Incluso para eso, era delicado y sutil. Frases como "Te digo esto porque eres mi amigo. Tú caes mal", dicho casi con dulzura, podía tener el efecto demoledor de una granada sin dar posibilidad al interpelado de reaccionar. O por ejemplo "Hermanón, no cuentes chistes, por favor. Lo haces muy mal y con todo cariño te digo que la gente se ríe solo por educación".
Y por supuesto, la elegantísima "No es por hablar mal, pero...", una de mis favoritas.

Un buen amigo me dijo un día que el problema conmigo era que después de algo así, todavía había que darme las gracias, y que esa era la peor parte. Lo dijo en público y yo, desconocedor del poder de esa cicuta verbal, me sorprendí que casi todos asintieran. Entre risas muy discretas y acomedidas, claro está.

Esa mortífera y punzante característica de mi personalidad aún persiste y trato en la medida de lo posible de abstenerme de usarla. Eso no quiere decir que sea políticamente correcto, pero ético sí. No me es fácil, aunque sigo intentándolo cada día. Es todo lo que puedo hacer.

Al mudarnos a Texas hace 16 años, y aunque hablo decentemente el inglés, tuve la limitaciones propias de usar una segunda lengua, así que traté de hacer mi vocabulario simple y conciso. Lo más difícil era encontrar el nivel adecuado de traducción del español, idioma mucho más emotivo y muy poco práctico en relación al inglés.

Pero es complicado. El hablar otro idioma no es, como se cree, saber la palabra correcta a traducir, sino cual palabra usar en una cultura que es sumamente diferente. Es un tema de inculturación, es decir, integrarse a otra cultura. En mi caso, el proceso ya lleva años y aún no creo haberme integrado a esta manera de ver las cosas. No digo que esté mal, simplemente no es como fui formado. Desde desconocer asuntos de tradiciones ancestrales hasta temas mayores de valores, principios y políticas. Hace ya mucho tiempo que hay cosas en este país que todo el mundo sabe y que yo nunca voy a saber. Para mí, que dependo tremendamente del lenguaje, la experiencia ha sido difícil, tortuosa y sumamente frustrante.

Aquella broma que hacíamos antaño de traducir "Entre y tome asiento"  por "Between and drink a chair" en algunos casos de la vida real que me han ocurrido pasa a ser patéticamente cierta.

Mi primera piedra
Veo a mi nieta cantar "Itsy Bitsy Spider"  y "Five Little Monkeys" mientras que yo pienso en "Matatiru-tiru-la" y "Arroz con Leche". Cuando ella sea mayor, aquellas le despertarán hermosos recuerdos y las últimas no le dirán nada. Por cierto, las canciones infantiles de mi época hacían mucho énfasis en el matrimonio y en el trabajo de la mujer en la casa, mientras que las de ahora van orientadas a trabajar mucho y jugar mucho. Materia de otro relato.

Lo más curioso y explosivo es la mezcla racial. Los grandes grupos étnicos que construyeron y desarrollaron Texas, territorio árido, de repentinos cambios climáticos, con terribles sequías y espantosas inundaciones, sin contar tornados, tormentas eléctricas y lluvias torrenciales, fueron fundamentalmente tres: alemanes, polacos y mexicanos.

Estoy seguro que es una de las tantas bromas que Dios suele hacer. Difícilmente se puede imaginar una cosa tan absurda. Es una forzada combinación violenta, terca, y peligrosa. Digo combinación y no mezcla, porque es irreversible. Las generaciones que han nacido aquí tienen valores alemanes, ingenio mexicano y sentido del humor polaco, y todas las interpolaciones posibles de las características de estas 3 culturas o etnias, como se les quiera llamar.

Alemania, con dos guerras mundiales en su haber y numerosas guerras internas y con otros países, obviamente ha tenido que desarrollar una tremenda disciplina y fortaleza para sobrevivir mientras que Polonia, país que fue repartido tres veces e invadido varias mas es imposible que tenga el mínimo sentido del humor, en tanto que México, que fue imperio, colonia, revolución sangrienta  y república ha debido improvisar siempre a riesgo de desaparecer. Y así nació y se formó Texas.

Para los peruanos que me leen, Texas viene a ser para los Estados Unidos algo así como Arequipa para el Perú. Siempre pensando en la "republica independiente". Después de todo, Texas fue país por un tiempo.

He conocido gente estupenda, pero también de la otra. Algunos con mucha cultura y otros ignorantes hasta el tuétano. Interesantísimas formas de ver la vida o completamente absurdas e incomprensibles para mí.

Trabajaba con un tejano que se negaba a usar cinturón de seguridad porque una vez se rompió la clavícula al tenerlo puesto en un serio accidente. Le pregunté si había considerado que una clavícula rota era un precio muy barato en comparación a la posibilidad de haber salido por el parabrisas a estrellarse en el pavimento. Lo pensó por un minuto, señal que jamás le había cruzado por la mente, pero me contestó con mucha seguridad: "Eso no va pasar jamás". Lógica irrebatible.

Conocí uno que a pesar de tener puerta automática en su garaje funcionando perfectamente, jamás usaba ni el control remoto ni el interruptor para abrirla. Y no es que dejara los autos fuera. No. Religiosamente guardaba ambos todos los días. Abriendo la puerta a mano. Estúpidamente y por meterme en lo que no me importa le pregunté si estaba malograda. Me dijo que no, que funcionaba perfectamente. Pero que algún día se iba a malograr y que si usaba el remoto y el abridor automático con regularidad, se molestaría tanto que prefería no usarlo. Hizo hincapié en que se conocía muy bien a sí mismo y quería evitar ese incidente. No pregunté más, pero preferí evitar cualquier acercamiento. Gente así suele ser peligrosa.

Cuando era niño, veía en la televisión todos los programas del Lejano Oeste: El Hombre del Rifle, Revólver a la Orden, Lawman, El Sheriff de Cochise, Los Patrulleros del Oeste, Annie Oakley, El Llanero Solitario y muchos más. Era fanático de Roy Rogers y Gene Autry. John Wayne era uno de mis más grandes ídolos. Cada película del Duque me hacía vibrar de emoción de principio a fin. Era en suma, un cowboy de corazón. O al menos, eso pensaba.

Es natural que cuando llegara aquí, esperara conocer a algunos cowboys, quien sabe no tan imponentes como John Wayne, pero por lo menos como los de los comerciales de Marlboro. Pasaron algunos meses antes que mi sueño se hiciera realidad. Uno de mis vecinos, a quien le había comentado mi deseo, me hizo saber que lo visitaría un cowboy "de verdad" que quería comprar un auto que había puesto a la venta. Es fácil imaginar mi ilusión y la alegría anticipada que me embargaba. Era un momento esperado por muchos años, así que al día siguiente muy temprano a la mañana me presenté en su casa para esperar al cowboy, quien dijo llamarse Jessie.

Como al medio día, cuando mi expectativa estaba al tope, llegó Jessie. Entusiasmado, me apresuré a abrir la puerta y frente a mí se encontraba un individuo esmirriado, más bajo que yo, y muy moreno, delatando su origen mexicano. Se presentó y con un acento muy marcado dijo "Jesse Luján, nais tu mit yu". Eso sí, tenía un sombrero muy grande, botas, un jean muy gastado y las cortas piernas muy arqueadas.

Jessie
Luego supe que su nombre era Jesús, que había nacido al sur de la frontera y que no hablaba bien el inglés. Sin embargo, había sido cowboy toda su vida, se había roto no sé cuantos huesos y tenía la caminada típica de los vaqueros. Descubrí que en el sur de Texas se habla tanto o más español que inglés y que muchísimos cowboys son en realidad vaqueros, y de los buenos. Pero mi desilusión fue tremenda y hasta hoy no me he recuperado del golpe. Ni siquiera los rodeos, incluyendo la monta de toros salvajes, han podido restablecer esa imagen brillante e inmensa de John Wayne.

Descubrí también que la vida en Texas puede ser cruel e inclemente. Las sequías, inundaciones y lluvias son comunes y repentinas. Puede llover quince días sin parar y luego pasar dos meses sin una gota de agua. Mi hermano, residente en Texas desde que tenía 17 años, me dijo que en promedio, San Antonio recibía unas treinta pulgadas de lluvia al año. Recuerdo que mi primera semana aquí llovió torrencialmente y  sin interrupción por ocho días seguidos. Le reclamé justamente que me daba la impresión que la cifra que me había dado era ridículamente baja. Con sorna, me respondió - lo que no te dije es que llueve todo junto...- Huelgan más comentarios.
La temperatura puede variar de 0 a 42 grados centígrados y nadie se altera, exceptuándome, claro. Una frase común aquí es: "¿No te gusta el clima de Texas? No te preocupes, va a cambiar..."
Hubo algunos días en el verano que me sentí descendiente de Drácula, pues solo era posible salir de noche.

¿La tierra? Agrietada, arcillosa y llena de rocas. Debido al clima inclemente, los árboles naturales, que se cuentan por millones, no llegan a superar los dos metros de altura, retorcidos y deformes en su lucha por sobrevivir.

Como buen peruano, soy un inútil en cuanto al cuidado de una casa se refiere. Aquí tuve que aprender a cortar el pasto, actividad que aún aborrezco con toda mi alma, arreglar grifería, reparar paredes, sembrar y podar árboles y otras plantas, hacer instalaciones y reparaciones eléctricas y mejor no sigo porque me regresa la depresión. Además, soy torpe entre los torpes y he tenido innumerables lesiones en manos y piernas a raíz de los accidentes sufridos tratando de convertirme en tejano. Ah, me olvidaba: también hay que instalar cercas, extraordinaria, tediosa y horrible actividad.

Cuando compramos nuestra casa, mi esposa se enamoró de ella. Yo miré por la puerta de atrás y me enamoré de un precioso jardín de unos 800 metros cuadrados, ¡todos míos!
Además, atrás del jardín, había una pequeña cañada, llena de árboles y venados que se aparecen muy temprano a comer las hierbas impregnadas de rocío. No me refiero a unos pocos. Hay días en que se pueden ver quince o veinte. Una vista maravillosa.

Muy pronto me golpeó la realidad. Dura e implacable, sin piedad alguna. No habíamos terminado aún de instalarnos y el pasto creció de un día a otro como si fuera trigo. No lo podía creer, pero había llovido sin cesar por tres días. Cortar el pasto dura aproximadamente tres horas, y es que además de cortarlo, hay que usar el "weed eater", maldito aparatito que hace girar a una velocidad tremenda una cuerda de nylon y que me ha dejado cicatrices en las dos canillas, que sirve para eliminar la mala hierba y el pasto contiguo a la cerca o a las paredes, y el "edger" que sirve para demarcar los bordes. Es el único que puedo manejar con facilidad. Solo hay que pasarlo por el borde del jardín y deja un borde muy limpio y profesional. Por cierto, más de una vez estuve a punto de perder todos los dedos del pie al pasar el instrumento a unos milímetros de mi empeine ya que es una pequeña rueda dentada de acero que gira también a alta velocidad.

Finalmente había que emparejar los arbustos, cortar las ramas de los árboles, amén de abonar, winterizar (preparar la tierra para el invierno) y summerizar (lo mismo para el verano), combatir a los gusanos, abejas, avispas, arañas, termitas, alacranes, bacterias, hongos y otras plagas, habitantes conjuntos de mi pequeño paraíso.

Como antídoto contra la fatiga, el maldito clima y el mal humor, pensaba para mí en cuantos de mis amigos y conocidos estarían haciendo lo mismo que yo en Lima, es decir pasar la mañana entera del sábado en este menester. Pasaba revista mental a múltiples y variopintas imágenes de aquellos siempre con el mismo resultado: ninguno. Lo bueno era que cuando sentía la cólera de ser el único, empujaba la cortadora de pasto con renovado vigor. Al finalmente reaccionar, ya había terminado y estaba tan cansado que ni siquiera podía darme el lujo de unos minutos más de mal humor. Un día de verano, por tratar de cargar unas cuantas rocas extraídas del jardín a una hora imprudente, me dio lo que aquí llaman un "heat stroke". Es espantoso. Pero me libré de la tarea de sacar todas las rocas. Cuando digo imprudente me refiero a que decidí hacerlo a las cuatro de la tarde a unos 40 grados, en plena canícula. Dicho sea de paso, la palabrita deriva de "día de perros". No es joda.

Mesquitos
Los hermosos venaditos. Bambi a la derecha


Cuando sembré mi primer árbol, tropecé con una roca de unos 100 kilos de peso y alrededor de medio metro de diámetro (adjunto foto). Me tomó dos semanas extraerla. Cuando finalmente lo hice, le pinté la bandera peruana y aún la tengo en mi jardín. Solo para que conste el esfuerzo que hice, diré que he sembrado diez árboles en mi jardín, de los cuales nueve sobreviven y el más pequeño tiene más de tres metros y el más grande casi doce metros de alto. El décimo se lo comió un cachorrito de Rottweiler.

Gasté una fortuna en herramientas, máquinas, insecticidas y abonos. Me di por bien servido cuando después de cinco años no había perdido ningún dedo o recibido transfusiones por cortes graves con las sierras (varias), cortadores de ramas, o extractores de hierbas.
Tampoco me intoxiqué con todos los pesticidas que hay que usar, pero mi odio cerval por las actividades en el jardín se incrementó tremendamente.

Ya  con el monstruo controlado en apariencia, había llegado la hora de disfrutar del jardín que con tanto trabajo y esmero había creado. Recién entonces me percaté que los mosquitos y zancudos volaban en escuadrones gigantescos, el jardín estaba lleno de hormigas llamadas "de fuego" provenientes de la selva amazónica y que de acuerdo a investigaciones recientes han llegado a estas tierras caminando. Son insectos de ciencia ficción capaces de devorarlo todo. Incluso las hormigas locales están en peligro de extinción. Se corría el riesgo también de tropezar con una que otra serpiente, pero afortunadamente solo algunas eran víboras venenosas. Yo me encontré con ellas en dos ocasiones pero solo la mitad en cada caso. Mis retardados perros resultaron efectivos para algo.

Con toda la buena voluntad y el mejor ánimo del mundo, no me amilané y usufructué el jardín por un tiempo. Incluso puse un pequeño huerto del que coseché tomates, pepinillos, lechugas y una coliflor (solo una) descomunal. Mi mujer me hizo tirarla a la basura porque en su opinión ese tamaño tenía que ser obra del demonio o de algún enviado del mal. Puesta en el suelo, me llegaba por encima de la rodilla, y sin duda era más ancha que mi cintura, que ya es decir.

Pero poco a poco el desgaste diario me venció. Dejé el área a sus legítimos dueños, que además de los pequeños pobladores, pululaban en el área. Estos seres, mas grandes, no los mencioné previamente: zarigüeyas, mapaches, topos, ratas, conejos, liebres, ardillas, hurones, zorrillos, armadillos, un animal horrible cuyo nombre no recuerdo, similar a una rata gigante  y miles (sí, miles) de pájaros, la mayoría negros y feos. Casi nada, vamos.

Tras la cerca, territorio de los hermosos y devastadores venaditos, eventualmente aparecían coyotes, linces y uno que otro jabalí. De todos ellos, los descendientes de Bambi son los peores. Comen de todo, desde las raíces hasta el tronco y las ramas de los árboles, destruyen cercas y huertos y no respetan a nadie.

Pasó un largo tiempo antes que desapareciera de mi mente la obsesión de estar viviendo  perdido en Yellowstone  y sólo añadiré que cada vez que hay una reposición de Bambi, esa hermosa película de Walt Disney, obligado a verla por mi tiránica nieta, debo hacer esfuerzos sobrehumanos para no alentar a los cazadores. Los ojitos inmensos  de porcelana, las colitas blanca y las orejas estilizadas ya no me emocionan en absoluto.

Para redondear el panorama, si permanecía en la comodidad de mi hogar, con mi querida y demandante familia, debía reparar excusados, grifos, programar las alarmas, cambiar los filtros de aire, y en fin, cualquier tipo de tarea que el sector femenino de la población considerara indigno o irrealizable por ellas. Matar cucarachas, sacar la basura, espantar una avispa, cargar cualquier cosa y clavar diez veces en cada pared para el sitio perfecto del cual colgar algo. Tuve que poner cortinas, persianas, mas cortinas, instalar puertas automáticas, cablear la red de la casa, arreglar muebles, zócalos y múltiples  pequeños arreglos.

Un día se malogró la puerta del garaje y pensé que podía arreglarla. Me cuidé mucho de no molestarme como mi conocido tejano a inicios del relato, pero de que jode, jode.
En este país cualquier reparación o servicio es desalentadoramente caro, y claro, la familia entera piensa que por ser hombre, puedo reparar todo. Nadie sabe que Marita es capaz de hacer afinamiento a un auto (me consta), mientras que yo causo un  desastre al medir el aceite o inflar una llanta. Fui a Google a buscar un "Cómo reparar...."
Lo primero que leí en letras muy grandes fue: "Si usted no ha hecho esto antes, no empiece aquí". Más abajo, una notita que decía: "Esto es sólo si no quiere arriesgar su vida. De otra manera, siga adelante". Unas horas y 500 dólares después, el problema estaba resuelto.

Me encontraba entre Escila y Caribdis. Fuera, enfrentado a una flora y fauna hostil a temperaturas insoportables. Dentro, no tenía cinco minutos sin recibir un requerimiento de alguna de mis hijas o de mi amada esposa. Pensé varias veces inventar viajes para irme a un hotel por unos cuantos días, pero concluí que era demasiado riesgoso. Como hombre valiente y varón completo, me enfrenté a la turba familiar, esgrimiendo mis armas más sofisticadas; mi ociosidad, las mentirijillas cuidadosamente elaboradas y la vil manipulación a mi pobre vecino para que me ayudara. ¡Cómo lo quiero, Dios mío! Me ha salvado de muchos apuros y mortíferos ataques familiares.

Quizás valga la pena explicar la causa principal de mis tribulaciones e iniciales dificultades en este país. Lo digo porque para varios de nuestros vecinos, estos tremendos obstáculos que debía yo enfrentar, perfectamente comprensibles y justificables desde mi punto de vista, no tenían ningún sentido. Que alguien no pudiera encender y manejar una maquina de cortar pasto o usar el "edger" en la dirección correcta y que fuera incapaz de armar un escritorio que venía en una caja (ciertamente novedad para mí) tenía más que ver con retardo físico y mental.

Creo que al menos por una larga temporada, que estimo en unos dos o tres años, hasta yo llegué a convencerme que había sido afectado por algún virus misterioso o un insecto desconocido. Los vecinos llegaron a convencerse de ello, después de ver a un pobre cholito bajo, gordito, despeinado y transpirando profusamente, con vestimenta inapropiada para los 39 grados, deambulando por el vecindario con paso inseguro y la mirada perdida, completamente desolado, tratando de encontrar a un ser humano que le explicara cómo poner el maldito hilo de pescar tamaño extra-extra-extra-gigante en el "weed eater". Fui muy cordialmente informado que se llamaba "trimmer line" y que había múltiples tamaños y medidas y no todos le hacían a mi aparatejo. Resolví el problema comprando siempre el de color azul. Si no funcionaba, compraba otro, y así.

Si no hubiera sido por la gran ayuda de mi hermano, capaz de construir una cabaña en un fin de semana largo y de muchos de mis vecinos no hubiera sobrevivido a este desafío cultural.

El  estilo de vida que llevábamos en Lima  no podía ser más diferente. Dado que los servicios son mucho más baratos, nos era posible tener una o dos empleadas en casa, a cargo de la limpieza y la cocina. Algunas de ellas llegaron a ser parte de la familia y aún las vemos cuando vamos, y siempre estamos en contacto. En la mañana a primera hora, llegaba el chico que lavaba los autos, de lunes a viernes. Luego llegaba el panadero, dejando pan recién salido del horno, y los sábados y domingos, la señora de los tamales. Don Rodrigo, nuestro jardinero de casi ochenta años, se presentaba religiosamente cada dos sábados para hacerse cargo del jardín, con su bicicleta vieja y destartalada. No falló ni una vez. Don Rodrigo usaba cortadora de pasto manual, de esas que hay que empujar a viva fuerza.

Máximo era el nombre de nuestro  "experto en todo" y aparecía una vez al mes. Pequeñito y risueño, me decía - ¿Don Fernando, que hay para hacer? - Electricidad, plomería, gasfitería, albañilería, pintura y cualquier otra eventualidad, sabíamos que Máximo lo haría con mucha eficiencia. En ocasiones, tenía que inventar algún pequeño proyecto, por el temor que al no tener más trabajo, no se presentara el próximo mes.
Carmencita iba cada semana para encargarse del lavado y planchado y si teníamos alguna reunión, llamábamos a Secundino, quien prepararía el buffet o la comida, se encargaría de los cocteles y las bebidas, vestido impecablemente con su chaqueta blanca y pantalón negro.

Y es que yo en toda mi vida no había cambiado ni siquiera los focos de luz de mi casa. Los que me conocen saben que soy torpe de solemnidad y flojo de sacristía. Es más, nunca supe, ni siquiera ahora, si el desarmador iba para la derecha o izquierda para ajustar o aflojar. Desconocía hasta cual era la perilla de agua caliente o fría. De chico pensaba que las letras "C" y "H" en las perillas de los grifos significaban caliente e hirviendo.

Pero volviendo a la historia, ese día salimos con una pareja de amigos muy simpática, él de origen mexicano y ella de ascendencia alemana. Bajito, moreno y robusto él, y alta, rubia y delgada ella. Pero los dos son tejanos e inexplicablemente se llevan bastante bien.

Y este paseo me abrió los ojos al verdadero corazón de Texas. La mezcla racial se adapta perfectamente a la combinación de las tres culturas.

San Antonio mantiene aun una mentalidad de pueblo pequeño y conservador con un encanto especial a pesar de contar con más de dos millones de habitantes. Para completar el panorama, está rodeada de numerosos pueblitos, aun más tradicionales y conservadores. Algunos son predominantemente alemanes, otros polacos y en muchos se habla más español que inglés.

Ese día, como a las seis de la mañana, Marita me hizo ver que el grifo del jardín estaba goteando y que yo había prometido arreglarlo ese fin de semana. Maldiciendo su buena memoria, tuve que ir a comprar un caño de repuesto en "Home Depot", cadena de ferreterías inmensa y que venden todo lo que uno se pueda imaginar relacionado a reparaciones locales. Este impresionante y a mis ojos horrendo lugar, es la tienda preferida de muchos varones gringos que se pasan la vida haciendo proyectos en sus casas que no son necesarios.

Por supuesto, estos lugares de pesadilla abren de madrugada, así que antes de las siete, ya estaba yo buscando un grifo de palanca y no giratorio, rojo por añadidura, de acuerdo a las instrucciones específicas de la inflexible dueña de casa.

Busqué el pasillo que dijera "Plomería" y lo encontré con facilidad. Sabía además que tenía que comprar "teflón" para sellar la conexión. Si alguien ha estado en uno de estos intimidantes lugares y se ha enfrentado a esos anaqueles de 8 metros de alto, y docenas de divisiones, sabe que puede llegar a ser un poco complicado encontrar lo que se necesita.

Pero muy rápidamente encontré lo que buscaba; un grifo de palanca, rojo como quería Marita y ya me disponía a marcharme, cuando escuché en español con un fuerte acento mexicano

-        ¿Oiga mi amigo, encontró lo que buscaba?

A mi lado se encontraba un hombre de unos 40 años, moreno y un poco más bajo que yo. Inmediatamente asumí que era mexicano y honestamente, su aspecto no me inspiró confianza ninguna. Regordete, de aspecto descuidado, y un bigotito al estilo de Pedro Infante, coronaba su cabeza con una gorra de los "Spurs", y una mata hirsuta y espesa de pelo pugnaba por salir por ambos extremos, siguiendo las más encontradas direcciones. Me dio la impresión que no se había peinado en meses y duchado en un lapso cercano a aquel.

-        Sí, gracias - Respondí cortante y dirigiéndome a la caja.
-        Si es para la yarda, creo que es muy chico.
-        Efectivamente, es para el jardín de atrás - Le respondí, un poco intrigado por la observación. (Yarda es la españolización del término "yard", patio, jardín en inglés).
-        Ese es de un cuarto, normalmente son de media. ¿Y es macho o hembra?

Volví a mirarlo, para ver si tenía algún distintivo que indicara que era empleado de Home Depot, pero no. Se veía que estaba con ropa de trabajo y que por deducción elemental, se dedicaba a la construcción. Más tranquilo y menos desconfiado, contesté

-        Honestamente, no tengo ni idea. Sé a qué se refiere pero no se me ocurrió que hubieran varios tipos.
-        ¡Usted sí que es chistoso, hay más de 20! ¡Va a tener que irse pa' la casa de nuevo! 
-        Bueno, gracias por el consejo. Ni modo, me voy a averiguar lo que necesito.
-        Pere, pere tantito, ¿su esposa está en la casa?
-        Sí, de hecho está esperando que yo arregle esto para salir.
-        Llámela por el celular y que tome una foto del caño y que la mande pa'cá. ¡Acá tiene mi teléfono!
-        Gracias, no se preocupe, yo la llamo del mío.

Sorprendido pero feliz de encontrar un salvador que me ahorraría 45 minutos, llamé a Marita, quien tomó y envió la foto. Art, que así dijo llamarse mi nuevo amigo, se puso a darle indicaciones para medir el diámetro de la tubería con una wincha que mi mujer finalmente encontró. Con mucha paciencia y sonriendo contestó a preguntas como si contaba los palitos anchos o los delgados de la cinta, y como colocarla.

Art

Agradecido hasta el tuétano con Art (Arnulfo), entablamos conversación. Había nacido en  el valle que viene a ser el sur de Texas limítrofe con México, y era completamente bilingüe. Como muchos tejanos, mezclaba los dos idiomas sin darse cuenta, También, al igual que mucha gente de origen mexicano, tenia 7 hijos, trabajaba en construcción y tenía su propia compañía. Los dos mayores ya trabajaban con él. A pesar de ser sábado, me comentó que pensaba trabajar el fin de semana, "como siempre". Aunque jovial y amable, la cara llena de manchas solares y pecas y las manos callosas y toda suerte de cicatrices, reflejaban una vida muy dura y dolorosa. Un amigo cubano me hizo ver que los únicos hispanos que trabajan en construcción los fines de semana, son los mexicanos. Y añadió que por eso merecían su respeto, porque los cubanos, "nunca chico, ni locos..."

En resumen, Art pasó casi una hora de su tiempo ayudando a un perfecto desconocido que no pudo disimular su rechazo y desagrado por su acercamiento inicial. Este fue el primer incidente del día y me hizo sentir culpable de juzgar a alguien por la primera impresión.

Gracias a Dios, instalar el grifo fue muy simple y pasó la inspección técnica con honores. Es que todos los trabajos manuales que hago tienen que ser revisados y no lo digo como un humillante escarnio que debo sufrir, sino como una sana y recomendable práctica de mi mujer para evitar desastres mayores. Y es que... no es lo mío, pues.

Libre ya, salimos a recoger a nuestros amigos y nos pusimos en camino. Nos detuvimos a desayunar  en un restaurant famoso por tener el mejor "brisket" en Texas, una modalidad de carne mechada muy sabrosa, y que queda en lo que fue una estación de diligencias en los tiempos del "Pony Express".

Al más puro estilo "country", la carne se sirve sobre un pedazo de papel manteca, al igual que los chorizos, salchichas y otras delicadezas tejanas y hay que recogerla directamente de la cocina para luego sentarse en largas mesas comunes con viejos manteles de hule. El lugar no pretende aparentar nada. Es simplemente un sitio típico tejano  para comer. Felizmente que la costumbre de colgar la carcasa de la res en la puerta para demostrar que es fresca ha caído en desuso.

La primera vez que llevé a mi mujer y a mis hijas se escandalizaron de tal manera de la rusticidad e higiene del lugar que se negaron a sentarse en una mesa compartida y menos aún comer pedazos de carne grasienta sobre un pedazo de papel. Marita me asesinaba con la mirada y mis dos hijas manifestaban en silencio su decepción ante una autoridad paterna venida a menos. Pero les tomó poco tiempo cambiar de opinión. La comida es deliciosa. Poco a poco fueron asimilándose, todas con mayor éxito que yo.

Acostumbrados ya al entorno, comimos con placer y fruición, y al terminar, fui a botar a la basura la bandeja de estaño descartable en la que nos habían servido. Antes que lo hiciera, una señora de unos 50 años se interpuso y con una pésima actitud, me detuvo increpándome duramente en un masticadísimo acento tejano

-        ¿Pero qué hace, oiga? ¡Deme la bandeja!

Automáticamente se la entregué, mientras me resondraba como si yo fuera un niño chico. De acuerdo a mi estructura mental típica de años de matriarcado, sabía que debía ser educado, pero las únicas autorizadas a tratarme así eran mi mujer, mis hijas y mi nieta.

En Rudy's

Visiblemente mortificado yo y muy molesta ella, era precisamente el tipo de situación que he luchado siempre por evitar. No sé cómo reaccionar. Y la señora en cuestión mediría escasamente un metro y medio. Pelo alborotado, un rictus de amargura en los labios y ojos azules pequeños y muy penetrantes. Se veía que su vida había sido difícil. Vestía blusa a cuadros y un jean casi de su edad. Por el delantal me di cuenta que trabajaba allí. 

-        ¿Acaso usted no sabe que estas bandejas valen más de tres dólares? ¡No se puede tirar así el dinero! Tenga, ya la he limpiado. ¡Y no se olvide, ya sabe!
-        Esteee... sí señora, ¡muchas gracias!

Con esa sensación que raras veces se tiene de no saber como comportarse, me fui a sentar bajo la mirada divertida de los parroquianos y la sorpresa de Marita. En estos casos, guardo silencio y pongo mi cara inexpresiva. No hubo más comentarios y subí al auto con mi bandeja usada.

Llegamos a nuestro destino final, un pueblito llamado Bandera, muy típico y muy pueblito. Nos dirigimos al museo, pequeñísimo y atiborrado de piezas históricas no solo del lejano oeste sino del mundo entero, en un caos genial. Pasé de ver una cabeza reducida por los jíbaros a una imprenta manual del 1800 con solo un paso. Una caja fuerte de un banco de Texas al lado de un casco nazi de la II Guerra Mundial.

Terminé con la cabeza saturada de imágenes variadísimas, y con una sensación ligeramente surrealista y confusa. Bueno, siempre se aprende algo.

Seguimos con nuestro paseo y fuimos a un bar de música country, en el cual, ni bien entramos, unos "cowboys" invitaron a bailar a las damas (traducción de un término muy común en Texas para referirse a las mujeres: "ladies"). Siempre me sonó anticuado, pero uno se acostumbra pronto.

Siempre incómodo y tratando de observar el menor incidente, el baile terminó muy correctamente y los dos vaqueros respetuosamente las acompañaron hasta la mesa. Después me pregunté qué hubiera pasado si se propasaban. ¿Qué habría podido hacer un gordito chaparro y de anteojos como yo contra dos sujetos de más de un metro ochenta y sin duda en un mejor estado físico? Anoté mentalmente que la próxima vez ignoraría por completo lo que sucediera a mi alrededor...

Después de escuchar un poco de música country, decidimos regresar a San Antonio, no sin antes tomarnos unas cuantas fotos en la calle del pueblo.
Estaba por tomar la primera foto de Marita y nuestra pareja de amigos, cuando escuché a mis espaldas un sonoro "Hey" y al voltear, vi a unos treinta metros que un individuo desconocido y con cara de muy pocos amigos, era el responsable.

De acuerdo a mis reglas de urbanidad aprendidas por experiencia y tradición oral, un grito a alguien desconocido tiene dos significados: o el aludido está en peligro inminente o ha cometido alguna imprudencia o irregularidad. Es así que al no ver nada fuera de lugar concluí que había cometido alguna falta, aunque no podía entender cuál.

 A pasos decididos y resueltos, se acercó a mí rápidamente. Como dije anteriormente, aborrezco estas situaciones y las he tratado de evitar toda mi vida. Mis presentimientos eran de los peores. Este hombre, alto, con un gran sombrero tejano, botas, jeans y camisa a cuadros, como tantos en el pueblo, mostraba un semblante sombrío, cargado de rabia contenida y sus ojos parecían los de un coyote hambriento. No se si no tenía labios o si había cerrado la boca con tal fuerza que habían desaparecido. Solo se veía una gruesa línea en lugar de la boca. A mil por hora, revisaba todo lo que hicimos durante nuestra estadía en el pueblo. Ninguna imagen me daba una señal de alerta y no podía entender que había desatado la ira del personaje.

¡Dame la cámara ya!
En segundos estuvo a centímetros mío y mientras yo trataba de prepararme para lo que sería mi primera pelea en más de 25 años, me arrebató bruscamente la cámara de la mano y me espetó un sonoro y agresivo

-        ¡Usted, póngase al lado de ellos! - ¡Mientras se preparaba para tomarnos una foto a los cuatro!

Como es natural, obedecí sin chistar. Con una cara casi de sufrimiento y dolor, tomó fotos de los cuatro en diversas posiciones y escenarios, de cada pareja, de los hombres, de las mujeres, en fin una sesión completa de fotografía. Cada indicación suya tenía sabor a orden militar a la que no hay más remedio que seguir sin dudas ni murmuraciones, como me enseñaron en el colegio.

Al finalizar, me entregó la cámara, no dijo ni una palabra y se marchó por donde había venido. Todos le agradecimos tanto como nos fue posible, pero el individuo ni siquiera volteó o hizo señal alguna de haber escuchado este profuso agradecimiento.

Ya de regreso, y pensando en este día estupendo, me di cuenta que lo que había hecho que fuera tan especial y que yo me sintiera tan bien, no tenía nada que ver con el lugar, la comida ni los bellísimos paisajes. Tampoco a los buenos ratos que habíamos pasado juntos.

Fue el día que entendí la durísima realidad del Texas profundo. Aquel que se opuso tercamente a sus colonizadores  y a todos aquellos que hicieron lo posible por domeñar a esta tierra terrible y rebelde a cualquier imposición o cambio.

Los patéticos personajes de aquel día, tan solo unos cuantos de los muchos que he conocido aquí, me mostraron la importancia que tiene para el tejano la ayuda al prójimo, no importa en qué circunstancias ni ánimo se encuentren. Y es mas por la supervivencia propia que otra cosa. Quien sabe sea ya algo atávico en el tejano, pero me es claro ahora que para poder conquistar esta tierra era importantísimo que todos pudieran sobrevivir.

Desde ese momento, mi perspectiva de esta tierra y sus gentes cambió. Y hoy los respeto y admiro mucho más.

Claro que hay idiotas, y de los importantes, como los que mencioné previamente, pero eso ocurre en todas partes. Lo que pasa que como Texas es más grande, los idiotas también son más grandes.