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agosto 10, 2015

El Amor Imposible De Memo Beltrán Y Doris Rivera



Esa madrugada, como a las tres, Memo decidió que ya era demasiado. Tenía que hacer algo, cualquier cosa. No entendía bien que le pasaba. En el colegio le habían explicado un poco de esto, pero todo lo relacionado con “aquello” siempre tenía un saborcillo a culpa y pecado que no lo tranquilizaba en absoluto.

Molesto, embarrado y con vagos recuerdos del escabroso y frustrante sueño que le había causado ese bochornoso incidente, se desvistió y tomó una ducha fría.

Todo había empezado un par de meses atrás, cuando vio un comercial en la televisión de una bebida gaseosa muy popular y que era su favorita, “Cholita”. En este comercial hacía su aparición una bella chica en un breve bikini que acentuaba sus insinuantes curvas. Memo quedó obsesionado instantáneamente con ella, Doris Rivera. Él ya la conocía pues había ganado un concurso de belleza y se había dedicado al modelaje televisivo.

Además eran los años sesenta, y en la playa ya se podía ver a algunas chicas con bikini, por lo que esto no era tampoco novedad para él. Eso sí, agradecía que le hubiera tocado vivir en esa época, pues las cucufaterías de usar ropas de baño de una pieza estaban quedando atrás. Nadie podía negar qué bonitas se veían las chicas en bikini. Y las minifaldas… ¡Eran lo máximo!

Doris Rivera era la mujer más hermosa y sexy que él había visto en su vida, aunque fuera solo por televisión y en revistas. Ni la “Miss Universo” o las más bellas artistas de cine podían competir con ella, a su juicio.

Aquí ella se mostraba en la playa, corriendo y jugando femeninamente con una gran pelota, y después saboreaba con sensual placer la dichosa bebida. Es posible que saciara su sed, pero también lograba aumentar la del pobre Memo. Se arrebolaba, y su cara mostraba un fuerte rubor, pero lo más aterrador fue la erección. Era igual que cuando necesitaba hacer pila con urgencia o cuando se levantaba en las mañanas.

Hasta ese momento, cuando sentía una, no le daba importancia. Seguía leyendo el Tesoro de la Juventud o algún chiste nuevo. Ya pasaría. Y efectivamente, pasaba. Pero en este caso, fue la primera vez que le ocurrió al ver a una mujer. Hasta ese día, Doris Rivera era lo que se llamaría un amor platónico, pero el incidente marcó el final de esa etapa y el inicio de una muy tortuosa para Memo Beltrán.

Lo que le pasó la semana pasada al ir a la matinée del domingo con los chicos y chicas del barrio fue terrible. Le había tocado sentarse al lado de Connie de pura suerte, creía él. Connie le gustaba más que las otras chicas, pero estaba seguro que ella ni lo miraría.

Antes de empezar la película, pasaron algunos comerciales y para su desgracia, se encontró con Doris Rivera tomando “Cholita” en la playa, en bikini, a todo color y de cuatro metros de alto frente a él. En Technicolor y Cinemascope.

De las catorce pulgadas y la imagen en blanco y negro del televisor de su casa a esto, había un mundo de diferencia. Fue mucho para el pobre. Sin control alguno, tuvo una erección feroz y dos minutos después una copiosa eyaculación sin absolutamente ninguna intervención suya. Connie lo miró extrañada al ver que él temblaba y se contorneaba en la butaca. Le preguntó

- ¿Te sientes bien Memo?
- Siií. Es que me ha dado un calambre… – murmuró Memo arrastrando las palabras, aún fuera de control, agradecido de haber podido responder algo que tuviera sentido.
- ¿Quieres que te ayude en algo?
- ¡Nooo! – el grito de Memo se escuchó hasta en la mezzanine. Todo el mundo volteó a mirarlo. Su embarazo fue aún peor.

Permaneció petrificado, sin moverse un milímetro el resto de la película y se fue cinco minutos antes del final, con el cine aun a oscuras, casi corriendo hacia su casa. ¿Cómo le podía pasar esto, justo cuando Connie se había sentado a su lado? No pudo, ni quiso dirigirle la palabra a pesar que ella le hacía constantes preguntas sobre la trama, a lo que él contestaba con monosílabos, o simplemente “no sé”. Vergonzoso, definitivamente. Ella pensaría que él se había vuelto retrasado mental o algo así.

Memo había ingresado oficialmente a la adolescencia, esa edad en que el afán de aprender todo lo posible del sexo opuesto y esas excitaciones febriles al ver una mujer ocupan la primera prioridad en la mente de cualquier muchacho.


Acababa de cumplir trece años y se estaba iniciando en el mundo de las enamoraditas, los flirteos, las primeras fiestas y los primeros besos. Memo no se explicaba como hace tan solo un año jugaba con ellas mata-gente, montaban bicicleta y de un momento a otro dejaron de usar trencitas, faldas vueludas, zapatos blancos con medias cortas y shorts hasta la rodilla para pasar a vestidos ajustados y atrevidas minifaldas. Lo peor no era sólo el cambio, sino que Memo se percató con sorpresa que ya no las podía tratar como antes y no sabía ni siquiera como dirigirles la palabra. Si antes eran odiosas e insufribles, hoy eran atractivas y misteriosas.

Memo era un chico tranquilo y hasta un poco ingenuo. Era de los primeros de la clase y su conducta era impecable. Dentro de la libreta de notas había una categoría llamada “Deberes Generales”, totalmente subjetiva y a criterio del colegio. En ella habían cuatro temas: Deberes Religiosos, Conducta, Aprovechamiento y Deberes Sociales, Siempre tenía la máxima nota en los cuatro. Nunca supo que significaba Deberes Sociales, pero sospechaba que era para señalar a los que no se bañaban y andaban todos sucios.

Siempre fue un poco tímido hasta que agarraba confianza con alguien, y una vez logrado, se volvía extrovertido, cálido y hasta cariñoso. Pero en este caso, ¿Qué? ¿Qué les podía decir? ¿Cómo empezar una conversación?

Pensaba que los hombres eran más sencillos en todo. Al no tener hermana, no podía saber de la sensibilidad y volatilidad de humor de las mujeres, ni su atención a los detalles, menos aún su obsesión por el espejo y la limpieza corporal. A su juicio, el hombre crecía, se le engrosaba la voz y le salían bigote y barba.

Y uno era más hombre si podía escupir más lejos que los demás. Además si el escupitajo tenía flema, ya podía hablarse de tener una reputación. Tenía que ser bueno jugando a la pelota y manejando carro patín. Había que saber volar cometa y jugar trompo. ¡Listo! Eso era todo. Ya se era hombre hecho y derecho.

Intentó averiguar lo que pudo de esta complicación de todas las maneras posibles, pero había sido en vano. Su colección del Tesoro de la Juventud no tenía nada al respecto. Sondeó a su papa, pero éste se hizo el cojudo: “Esas son cosas de hombres. Solito te vas a dar cuenta”. Entonces pensó en los profesores del colegio, así que habló con el profesor de Anatomía – después de todo, ¿quién más que él para saber de estas cosas? – pero fue enviado a hablar con el Padre Gómez, director espiritual del colegio.

El Padre Gómez tenía casi ochenta años y le habían dado ese cargo porque ya estaba muy viejo para enseñar. Se pasaba casi todo el día en el confesionario haciendo la siesta o repartiendo catecismos y folletitos sobre el despertar del “vigor juvenil” impresos en España hacia más de treinta años. (La palabra “sexo” y todos los términos asociados estaban prohibidos en el colegio). El joven que salía en la portada, de unos catorce años, vestía pantalones cortos, medias hasta la rodilla, tirantes y gorrita. Memo solo había visto esa vestimenta en fotografías anteriores a la Segunda Guerra Mundial, de amigos del colegio del abuelo, que él conservaba con mucho cariño, pues era uno de los pocos recuerdos de su tierra natal. Al hablar con el buen Padre, éste lo invitó a confesarse y le dio una bendición especial. Pero de respuestas, nada. Es más, al llegar al confesionario, el pobre se había olvidado la razón por la que habían ido allí, aunque lo confesó de todas maneras. Nunca estaba demás, pensó.

Ya en la mañana posterior a su incidente nocturno, Memo estaba decidido a tomar al toro por las astas. Como era metódico y responsable, hizo una lista de las cosas necesarias para controlar este absurdo problema:

1. Tomar duchas frías (varias al día)
2. No pensar en Doris Rivera jamás de los jamases.
3. Hablar del asunto con el profe de Educación Física. (El único que le tengo confianza)
4. Preguntarle al Chato Paiva. (El Chato sabe de todo. Eso sí, con cuidado, no fuera a pensar que soy todavía un niño curioso. Ojo: darme mi lugar siempre)
Nota Importante: Al profesor de Educación Física también preguntarle porque me siento culpable, si es tan rico. Al Chato, ni una palabra.

Y Memo partió resuelto y optimista al encuentro con su destino. El día transcurría sin novedades. Se sentía mucho más tranquilo, ahora que ya tenía un plan. Esperó pacientemente al recreo para ir a hablar con “Ojo de Gallo”, el profesor de Educación Física que se había ganado el apelativo debido a un pronunciado estrabismo que él usaba eficientemente para hacer creer a sus alumnos que podía ver en varias direcciones al mismo tiempo. Tipo criollo y campechano, era el único que decía lisuras y los alentaba en los ejercicios con pullas y apodos que todos celebraban.

Lo encontró en el patio con dos defensas del equipo de fulbito de Cuarto de Media, que habían perdido contra su clase por 4-0. Rió interiormente al recordar la goleada. ¡Qué tal pateadura! ¡Primero de Media, una tira de enanos contra estos manganzones grandotes! Y es que con dos delanteros como el Pescado Yépez y el Chino Yamamura le iban a ganar hasta a Quinto con seguridad. Al acercarse lo miraron con sordo rencor, pero Ojo de Gallo les dijo

- Bueno, muchachos, ¡ánimo y no se ahueven en el próximo partido, ya saben!

El profesor Tenorio era de estatura media, con un peinado hacia atrás hambriento de gomina y una nariz inmensa. Su imagen hubiera sido muy cómica si se añade el detalle estrábico, pero había algo en su manera de mirar, de moverse, que inspiraba mucho respeto. Como que estuviera transmitiendo un claro mensaje de superioridad y agresividad física que instintivamente frenaba cualquier imagen graciosa en la mente de su interlocutor.

Volviéndose a Memo, le preguntó

- ¿Hola Beltrancito, que necesitas?
- Profe, quería hacerle una consulta muy personal.
- Plata no tengo, carajo. Pídeme otra cosa.
- No profe, para nada. Es algo más íntimo, más serio.
- ¡No me digas que te has llenado a una hembrita! Estas muy pichón para eso. Aunque nunca se sabe. En estos tiempos…
- ¡No, no! ¡Ni loco! Tiene que ver con eso de la masturbación que nos han explicado en la clase.
- ¡Vaya, Beltrán! ¿Ya estas volando cometa? No te preocupes, todos pasan por eso. Es parte de la adolescencia, muchacho.
- Tampoco, profesor Tenorio – usó el apellido para que se pusiera serio – Es algo más complicado que eso.
- ¿A ver, qué pasa, Beltrán?
- El problema, profe, es que no puedo evitarlo. Yo ni me toco, ni nada, pero me despierto así y el otro día me pasó en el cine. Solito nomás, yo no hice nada, se lo juro, y de repente ¡todo embarrado!

Ojo de Gallo se rió a mandíbula batiente del pobre Memo, quien lo tomó a pecho y le dijo muy seriamente

- ¿Y usted cree que eso es broma? ¡No se pase, pues profe! A ver, ¿si le pasara a usted?
- No Beltrancito, no me rio de ti. Lo que pasa es que lo tuyo es muy frecuente.
- Claro que no había escuchado de ningún muchacho que le pasara en el cine así, sin tocarse. Te fuiste a ver una de mayores de 21, seguro ¿no?
- No profe, fue la matinée del domingo, habíamos ido un grupo grande y era para mayores de 14.
- Bueno, bueno, te creo. Lo que te está pasando es completamente natural y se llama polución; suele ocurrirle a los muchachos como tú, que están entrando en la pubertad. La mayoría de las veces es durante el sueño. Ahora, así como a ti, nunca he visto, la verdad. Yo no me preocuparía mucho, relájate. Puede ser que estés obsesionado por el asunto. Te aseguro que si lo tomas con calma, no te volverá a pasar.
- ¿O sea que no es pecado?
- Mira Beltrán, yo no soy cura, pero estoy seguro que si no lo haces a propósito, todo está bien. De todas maneras, anda pregúntale al padre Gómez.
- Muchas gracias profe, voy a preguntarle a él – Memo pensó que eso implicaría otra confesión, más catecismos y folletitos, así que no iría ni pagado.
- Anda nomás hijo. Ya sabes, deja de preocuparte. No es ningún problema serio. Mas bien agradece. Yo sé por qué te lo digo – Ojo de Gallo, hombre de edad madura, se quedó pensando con envidia y melancolía en cuanto daría por tener el mismo problema.

La campana indicaba que el recreo llegaba a su fin. - ¡Con las justas! – se dijo Memo. Con el alma y la conciencia tranquila, sentía que el problema ya estaba resuelto. Ya no hablaría con el Chato Paiva, que después de todo, era medio chismoso y estas cosas eran muy personales. Lo mejor, pensaba, es que él no estaba haciendo nada malo. Podría seguir yendo a misa y comulgando frente a las hembritas, para que vieran que no tenía nada que ocultar. Sólo le quedaba explicar a Connie por qué salió antes del cine. Bueno, ya llegaría el momento. Que sentía mucho dolor en la pierna, que lo esperaban temprano en su casa, lo que fuera. No sería problema alguno.
Decidió además, cerrar los ojos y evitar mirar cualquier comercial o foto de Doris Rivera. Era un hecho: no pensaría más en ella.

Pero es fácil decidir y difícil cumplir. Memo no contaba con que al día siguiente se despertaría después de una húmeda y tórrida noche soñando con Doris. Lo poco que recordaba era haberse cruzado con ella en el aeropuerto llevando una botella de “Cholita” en la mano y al pasar a su lado ella lo miró muy tentadoramente, con esos ojos entre verdes y azules que lo mareaban. Llevaba un vestido muy corto, de un rojo flamígero. A Memo le bastó verla para tirarse como un gato en celo sobre ella, sin saber realmente qué hacer, pero apretando y acariciando cuantas partes del cuerpo de Doris pudiera. ¡Y en medio del aeropuerto! Sintió que se hundía en un abismo de placer incontrolable y repentinamente se despertó, cuando el sueño le auguraba que lo que venía sería mucho mejor que lo que había experimentado.


Al despertarse, y aunque un poco mortificado mientras se aseaba con pulcritud, recordó algunas de esas escenas con cariño e ilusión. Se imaginó en una playa paradisíaca con Doris, los dos haciendo el amor de una manera que no estaba seguro si era la correcta, pero con pasión absoluta y mucho amor.

¿Amor? – Reaccionó con un violento estremecimiento. ¿Amor, eso era lo que estaba pensando? – Memo dejó paso a sus sentimientos y se dio cuenta que efectivamente, se había enamorado de Doris Rivera.

Nunca se había enamorado antes. Las referencias que tenía eran de algunas películas y de los mayores del barrio que ya tenían enamorada. Sin duda era bacán andar por la calle con el brazo abrazando a una chica, y aquellas parejitas que se sentaban en la parte de atrás del cine lo pasaban bien a todas luces, aunque fuera en una oscuridad casi total. Las ideas contradictorias circulaban a toda velocidad en su confundida mente en una lucha evidente entre hormonas y sentimientos, de lo cual Memo ni se percataba.

Súbitamente sintió que todo tenía sentido. ¡Se había convertido en un hombre adulto!
Atrás quedaban las tonterías de peliculitas, flirteos furtivos, y prematuros escarceos con las chicas del barrio. El destino lo había llevado a una difícil encrucijada en la cual tenía que optar por un amor imposible y la vida muelle y fácil de los muchachos de su edad.

Sin dudarlo, Memo entendió que tenía que aceptar el reto. Como le había dicho su profesor de Gramática, el camino del hombre era siempre el más difícil. ¡Llegó el momento de demostrarle al mundo y en especial a Doris Rivera, de que madera estaba hecho Guillermo Antonio Beltrán Zamora! Pero… ¿cómo?

Eran los tiempos de la televisión en vivo y Memo sabía que Doris era la modelo de un popular programa de entretenimiento, “El Show de la Una” que se propalaba por el canal 8 a esa hora, así que decidió no ir al colegio el día siguiente. Iría al canal, y la esperaría en la puerta, confesándole su amor y sus intenciones. Solo le pediría que lo esperara cinco años. A esa edad ya habría terminado la secundaria y habría conseguido un trabajo con el cual podría mantener un pequeño departamento. El amor llenaría con creces cualquier privación. Mientras lavaba sus calzoncillos y pijama, pues no quería que su mamá se diera cuenta, seguía construyendo con mucha ilusión sus castillos en el aire.

Esa mañana, se vistió con sus mejores galas, se afeitó por primera vez aquel bozo que a duras penas se notaba y usó la mejor colonia de su padre. Una última mirada en el espejo le dio cierta seguridad. No se le veía mal y hasta parecía un poco mayor que su trece años. Cualquiera pensaría que tenía por lo menos catorce.

Se dirigió a la mejor florería que conocía y gasto todos sus ahorros en un ramo de rosas rojas muy hermosas. Ya estaba listo para enfrentar el desafío que cambiaría su vida por completo.

Llegó al canal poco antes del mediodía y se dispuso a esperar pacientemente después de averiguar con el vendedor de periódicos de la esquina cual era la entrada de los artistas. Éste lo miro con simpatía y en un tono irónico le dijo

- Es en la puerta chica que ves en la calle de al lado. ¿Son para tu enamorada?
- Sí, pero todavía no se lo he dicho.
- Es alguna de las bailarinas del show?
- No, la que va a ser mi novia es Doris Rivera.

El vendedor no pudo reprimir la carcajada, pero como veía la ingenuidad y sinceridad de Memo, replicó

- ¡Suerte muchacho! Te ves un poco tiernito para ella, ¿no?
- Sí, no crea que no me doy cuenta, Pero estoy dispuesto a todo. ¡Me voy a casar con ella!
- ¡Te deseo lo mejor, chiquillo!

Lo miró alejarse temiendo el desenlace de aquel aventurado intento de Memo. Pero con los años que tenía en esa esquina, había visto cosas peores.

Unos veinte minutos antes del programa, llegó Doris. La traía un hombre maduro, impecablemente vestido y con aire muy distinguido. El auto era un deportivo convertible del año que hacía que Doris se viera aún más encantadora.

Memo se sorprendió de la multitud que se había congregado para recibirla. Pero logró mantenerse siempre adelante y apenas bajó del auto, Memo casi se abalanzo sobre ella en un intento desesperado de ser el primero en hablar con ella. Solo logró asustarla, pero alcanzó a ofrecerle las rosas, un poquito maltrechas y decirle ¡Doris te amo! en el tono más apasionado que pudo con lo que el escabroso problema que lo aquejaba tomó control de su naturaleza.

Doris le recibió las flores con una sonrisa y le dijo ¡Ay, gracias! y siguió su camino ingresando al canal mientras Memo seguía estremeciéndose en una situación terriblemente embarazosa. Ella ni siquiera se percató del estado de Memo. El gentío alrededor simplemente se desplazó al ritmo de Doris, ignorando afortunadamente a Memo, quien permaneció en medio de la vereda, avergonzado, humillado y con el corazón hecho pedazos. ¡Cuán terrible es el amor!


Memo cumplió con su resolución de evitar por todos los medios posibles ver imágenes de Doris Rivera, pero el fenómeno de erección súbita le empezó a ocurrir con la sola vista de la bebida que ella promocionaba, la “Cholita”. Obviamente era una molestia, pero no llegaba a los húmedos límites de las imágenes.

Finalmente, el año escolar llegó a su fin y a pesar de todo, Memo terminaría con muy buenas calificaciones. Para los exámenes finales, el Ministerio enviaba a un profesor externo que como jurado supervisaba la correcta conducción del examen.

Para el curso de Matemáticas, la materia más fuerte de Memo, se presentó un venerable y voluminoso profesor, quien manifestó desde un principio sus molestias por el calor y la sed que sentía.

El profesor Cano, encargado de la materia, distribuyó las pruebas y Memo al recibirla se dio cuenta que era sumamente sencilla. ¡Sin duda, se sacaría un 20!

Al momento de empezar la prueba, ingresó un asistente del colegio, llevando unas botellas de “Cholita” para el jurado y el profesor Cano, como una gentileza.

Ya con el examen en la carpeta, Memo alzó la vista y vio las flamantes y brillantes botellas en el pupitre del profesor.

Memo sufrió el más violento orgasmo del que tuviera memoria.

Su nota final fue 04.

enero 05, 2014

Tercero de Media y Los Derechos Humanos

Gonzalo se dirigía caminando al colegio, como todos los días. Estaba con las justas, pero no tenía prisa. Cada día trataba de encontrar un nuevo entretenimiento para esas escasas tres cuadras. Un día trataba de pisar solamente uno de los cuadrados que enmarcaban la vereda a cada paso, otros días trataba de hacerlo en dos, o contaba la cantidad de lagartijas que iba a encontrar. Podían ser los los perros en el camino, o tirar piedritas a los postes. Algunas veces miraba a otros chicos ir al colegio para ver si reconocía esos intermitentes pasos más largos o cortos que los identificarían como “contadores de cuadrados”, pero nunca encontró a ninguno.

Le gustaba llevar solo un libro, porque se veía bacán. Más de uno era un problema, se desacomodaban y eran muy voluminosos. El que más le gustaba era el de Historia Universal, chico pero grueso, y además estaba en inglés. Eso siempre daba un poco de clase.

A los trece años, ya sospechaba que era diferente a los demás. Su principal problema era al levantarse. Tenía la impresión que una mano misteriosa hacía girar una especie de rueda de la fortuna justo antes de despertarse, y de acuerdo al resultado, se sentía eufórico, angustiado, normal o deprimido. Incluso tenia la opción de bancarrota, en la que llegaba a sentirse físicamente enfermo sin realmente estarlo. Esos días trataba por todos los medios de no levantarse de la cama, pero casi siempre terminaba yendo al colegio, en un estado miserable.

Al mirar a su hermano en las mañanas, este conocimiento se aseguraba aun más. Su hermano se levantaba siempre a la misma hora y con un entusiasmo digno de alguna actividad más elevada que ir al colegio para aprender cosas que ya sabía o que no le iban a ser de utilidad. Alex era menor que él y mucho más activo. En general, era casi imposible para él mantenerse quieto. Maquinando alguna travesura, aventura o escaramuza que invariablemente le saldría bien, y que en muchos casos contaría con él como víctima.

Esa mañana, su cabeza estaba en otra cosa. Tenía casi cinco meses en este nuevo colegio, y no le iba mal. En el colegio anterior, el inglés que le enseñaron era muy pobre y escaso, y al principio tuvo algunos problemas de adaptación, pero se adecuó rápido y se convirtió en fanático de la Historia Universal a pesar de tener el libro en inglés. Leyó el voluminoso libro varias veces, siempre con la misma fruición y deleite de la primera vez.

Sus compañeros eran bastante normales en su mayoría y no tenían reparos en contarlo como amigo. No había ningún matón o bravucón, a excepción del Cholo Contreras, el más flaco de la clase y que daba la impresión de desbaratarse cada vez que caminaba rápido. Era un inútil completo en Educación Física, usaba lentes y no jugaba ningún deporte, pero manejaba la boca como un artista de plazuela. Los chiquillos lo miraban entre aterrados y admirados, pero dentro de la clase, era sobre todo una atracción que hacía las clases más entretenidas. Nadie lo tomaba realmente en serio, era indudablemente popular y objeto de muchas bromas e historias.

Prácticamente todos tenían apodos, la gran mayoría ofensivos y que había que aceptar sin chistar. Era la ley de la clase. Habían locos, locas, chanchos, perros, cholos, chinos, huacos, burros, negros, pájaros variopintos y hasta enanos y chatos. Gonzalo era conocido como Cometín, por su afición a “volar cometa”, cuestionable pero placentero hábito juvenil. Realmente no lo hacía más que otros en la clase, pero cometió la imprudencia debido a su pertinaz curiosidad de ir indagando sobre ese hábito juvenil entre varios de sus compañeros. Lo aceptaba con resignación y sin mayores problemas. Hubiera podido ser mucho peor.

Ese año había llegado también al colegio un cura nuevo. Era peruano, lo cual no era común, pues la mayoría eran hermanos y curas americanos, la mayoría del Medio Oeste Norteamericano, muy conservadores por cierto. Desde que llegó, hizo notar su presencia abusando de algunos alumnos cuando por diversas circunstancias no hacían lo que él pensaba que era correcto.

Bajo, un poco regordete, con una nariz ganchuda y prominente, tenía un mechón de pelo blanco que lo dejaba balancearse al descuido sobre la frente. Era curioso que nadie hubiera reparado en la chispa de maldad que parecía brillar en sus pequeños ojos intermitentemente. La sonrisa era amplia y a todas luces fingida. De hablar meloso y melifluo con los adultos, muchos quedaban cautivados con esta mezcla tan estridente de características. Con los jóvenes hablaba en jerga, agresivamente y con ese aire de estar de vuelta de todo, tan común en niños y adolescentes para establecer territorialidad y autoridad.

Pero sin duda era su lenguaje corporal lo que más impactaba. Caminaba estudiando cada paso, con cierta dejadez en el andar que parecía transmitir dominio absoluto de la situación. Los movimientos del cuerpo y las manos daban a entender que era un hombre que dominaba su cuerpo a la perfección.

Hizo saber de inmediato que era limeño, de San Isidro para más detalle, que había pertenecido a los Gatos Pardos, pandilla legendaria de los años 50 en Lima, que le decían Pato, y que le sacaría la mierda al primero que lo llamara así.

Gonzalo y toda la clase lo vieron agarrar a cachetadas a un alumno nuevo que llegó tarde porque había tenido que ir a dejar a su hermanito al colegio infantil. Lo que levantó una señal de alarma en la mente de Gonzalo fue la crueldad y prepotencia del abuso.

Los primeros meses, la clase entera quedó prendada del Pato. Escuchar a un hermano decir lisuras, contar historias de broncas, y mencionar a los Gatos Pardos en ellas, fue suficiente para encandilar a todos. Estudiantes de trece y catorce años, descubriendo la vida y asimilando la realidad de otros a borbotones, hacían un público extraordinario para que el Pato contara sus aventuras.

Finalmente, pensaba Gonzalo, teníamos una persona mayor que podía enseñarnos como era la vida real y no lo que se vivía al interior de las casas de toda la clase. ¡Esto era estupendo! Se hicieron campamentos, paseos y actividades, en los que el Pato era el centro de energía. Hasta los padres de familia estaban contentos de tener alguien así en el colegio. Alguien que llegara a la mente de los chicos, que a esa edad son tan difíciles, no tenia precio.

Poco a poco, la clase se fue enterando que su padre había sido piloto de avión en la Segunda Guerra Mundial, vivía con una bala en la cabeza, que su casa tenia ascensor para los autos, que había tratado de hacer suya a Elizabeth Taylor y que con los Gatos Pardos había roto mas cabezas que brazos y piernas en las innumerables broncas en las que se vió envuelto.

Pero lo que le preocupaba esta vez era diferente. Sentía una cólera sorda y un temor que le atenazaba el corazón confluyendo al mismo tiempo. Parecía como si esa mañana la Rueda de la Fortuna hubiera girado dos veces. Era una sensación que aun no había logrado controlar y que nunca había experimentado con tanta intensidad. Solo sabía que no quería sentirse así.

Y es que el día anterior, el Pato había estado en su casa tratando de conseguir permiso de su padre para un campamento que estaba organizando. Gonzalo era fanático de los campamentos, y quería ir a éste de todas maneras. Sabía que le iban a dar permiso, así que la visita lo había desconcertado y le había dejado un sabor amargo.

Casi toda la conversación se basaba en obtener un permiso que su padre ya había otorgado y nada parecía tener sentido. El Pato insistiendo en obtener el permiso y el padre insistiendo que ya lo había dado. Finalmente salieron ambos a la calle para despedirse.

Su padre regresó y continuaron la comida interrumpida. Mudos testigos del incidente fueron su hermano Alex y su madrastra. Gonzalo y ella no se llevaban bien, pero existía un sobre entendido pacto de no agresión mutua y en general, las cosas iban bien por ese lado. El no era de hacer mucho lío.

Pero su padre tenía problemas para entender la personalidad de Gonzalo, que nunca diría que no, pero que siempre haría lo que le daba la gana, aunque quizás sería mejor decir que no haría lo que no quería hacer.

Ganaba muchas veces por inacción, obligando a su padre a hacer algo que no quería, llegando a otra situación en la que su padre tendría que volver a hacer algo no deseado, y así. Al final la victoria, si lo era, era pírrica en ambos lados, y las cosas seguían igual, que es lo que Gonzalo perseguía en realidad.

Gonzalo se preguntaba a menudo que había en este cura que no encajaba. Hablaba tan bien y con tanta seguridad en sí mismo que nunca dudo de la veracidad de las anécdotas, pero había algo más que no podía definir, y que sentía intensamente.

Finalmente llego al colegio, y en la puerta estaba el hermano Hank quien lo vio y Gonzalo se apresuró a decir “Good morning, brother”. En vez de la respuesta habitual, Hank empezó a vociferar en su mezcla de inglés y español: “What the…? ¿Un solo libro? How can you study? Brruto pues, brruto pues…”

¿Y a este cura que le importaba cuantos libros llevara el al colegio? ¿Si sacaba buenas notas, cuál era el problema? Sintiéndose injustamente agredido, siguió caminando, y se propuso quedarse más tiempo frente a la oficina de la secretaria para mirarle las piernas. Nada extraordinario, pero eran las únicas piernas en todo el colegio. Además a los trece años, una falda ligeramente por encima de la rodilla era una señal de partida inmediata para los más flamígeros sueños de cualquier adolescente.

Finalmente, y satisfecho de esta sutil y gratificante venganza, entró a su salón. El Pato ya estaba ahí, y después del “Buenos días, hermano”, porque este era peruano y la mirada malévola que le fue dirigida como respuesta, se sentó.

Tenían clase de Religión y el profesor era el Pato. Desde que habían empezado el año habían avanzado como quince páginas del libro. Estaban en el capítulo II de XXIV. Pero nadie se preocupaba. La Religión era un curso que no tenía valor oficial y qué duda cabe, un hermano, que había dedicado su vida a Dios, estaba más que calificado para dictar este y muchos otros cursos de ese tipo.

Además, a todo el mundo le gustaba la clase así como estaba. Escuchaban todas las aventuras del Pato, de su familia, sus amigos, sus romances, sus broncas y hasta sus cuestionamientos de fe cuando los tuvo, porque ahora estaba seguro de estar en el camino correcto, algo que Gonzalo dudaba con frecuencia, aunque le parecía genial conocer alguien que hubiera tenido una vida tan escabrosa para finalmente llegar a Dios.

Hacia un par de meses que el Pato había introducido un esquema de interrogación personal a toda la clase. Al enterarse que alguien había tenido una bronca o cualquier tipo de incidente, era llamado al frente.

Para asegurar dominio visual, el Pato se sentaba en la mesa del profesor, con lo que siempre tenía una ligera ventaja de altura. Si la victima tenia lentes, le decía quedamente: “Quítate los lentes”. Esta parte del ritual significaba que las cachetadas iban a darse de todas maneras. A veces hacía preguntas previas, y en algunas ocasiones, el interpelado lograba escapar ileso.

Luego empezaban las preguntas. La reacción a cada pregunta era imprevisible, pero Gonzalo estimaba que estaban en una relación de tres cachetadas por una pregunta sin castigo físico. Una vez terminada la intervención, el cacheteado regresaba a su sitio. Casi nadie lloraba y la mayoría afrontaba la humillación con dignidad.

Pero estaba el Cholo Contreras. Un enfrentamiento entre ambos era inevitable. Y así ocurrió. Cada vez con más frecuencia, menos alumnos dejaban de ir al frente mientras las visitas del Cholo aumentaban más y más cada día. Parecía como que el Cholo fuera el relleno de la sesión. Cuando sobraba tiempo y no habían mas victimas, se escuchaba un breve: “Cholo, ven…”

Y el Cholo iba. Derrotado y humillado, se sacaba los anteojos mientras caminaba al frente. Aunque le sacó lágrimas muchas veces, y las palizas fueron tremendas, el Cholo nunca dijo una palabra, ni se quejó con nadie.

Gonzalo, que nunca había ido al frente, miraba la cotidiana escena entre extasiado y asqueado. Había ciertamente un atractivo morboso en ese abuso sin defensa posible, pero la conciencia también le decía que lo que estaba viendo era despreciable e inhumano.

Sacó su libro de Religión y se distrajo mirando los cientos de muñequitos que había dibujado en la página 14, en la que se habían quedado más de una semana, así que no escuchó al hermano mencionar su nombre, hasta que el Negro le dio un codazo y le dijo “Te llaman oye”

Miró al Pato, como diciéndole ¿yo? Y la mirada de respuesta fue “Sí, tu”. Sin poder creerlo, con el corazón en vilo y las piernas temblando, se dirigió a la mesa del profesor. Mil pensamientos pasaban por su mente. ¿Lo habría visto fumando en la bodega? Quizás alguien le habría contado las crueldades que hacían con los grillos y lagartijas en la urbanización. La zona desértica de Trujillo estaba llena de estos bichos y se podían agarrar con mucha facilidad. ¿Sería la metida de mano a la empleada de los Samanez, que estaba muy buena? Pero ese había sido el Cholo y no él. Finalmente llegó frente al Pato. Sin preguntas, el Pato le dijo suavemente “Quítate los anteojos”.

Gonzalo obedeció, pero al querer el Pato ponerlos en la mesa, no lo dejó y se los puso en el bolsillo. Hubo un largo silencio mientras a menos de diez centímetros, el Pato lo miraba con esos ojos revirados, reflejando, ahora ya estaba seguro, maldad pura. Sintió terror, no miedo al castigo físico, sino a una presencia desconocida y maligna.

Casi en un susurro, el Pato le dijo “¿Tu le faltas el respeto a la señora de la casa?”

Su reacción fue inmediata. Gonzalo casi siempre asumía culpa, probablemente por su baja autoestima, pero en los casos en que estaba absolutamente seguro de ser inocente, podía reaccionar con inusitada violencia. Se escuchó un poderosísimo “NO” en todo el salón y probablemente fuera de él, pues Gonzalo lo gritó con todas sus fuerzas.

Resignado ya no sólo al castigo físico sino a algunas horas después de clase por su reacción, Gonzalo se limitó a esperar el siguiente paso, que sin duda sería una fortísima cachetada. Grande fue su sorpresa cuando escuchó: “Muy bien. Anda siéntate”.

No podía creerlo. Había reaccionado por instinto, y el instinto, por una vez, lo había salvado. ¿Así que esto era lo que había hablado el Pato con su viejo? De seguro el Pato interpretó mal algo, pues no formuló la respuesta correcta. Todas sus emociones y pensamientos se vieron interrumpidos cuando escuchó: “Cholo, ven…”

La paliza que recibió el Cholo ese día fue memorable. En un momento, el Pato le dijo:
- Cholo, para cualquier cosas que hagas, tienes que pedirme permiso a mí primero
El Cholo murmuró:
-¿Para todo hermano?
El Pato lo agarró del cuello y le dijo:
- ¡Mira huevón, hasta para comprarte calzoncillos tienes que pedirme permiso a mí! ¿Entiendes,carajo?
- ¡Sí hermano, entiendo, entiendo!

Al borde de las lágrimas, el Cholo parecía haber llegado a su límite. La clase entera estaba estática. No circulaba una mosca y el aire se sentía pesado, el color de las cosas más oscuro y las nubes parecían haberse descolgado del cielo.

Todos se miraban las caras, demudados y atónitos. Gonzalo se preguntaba hasta dónde podían llegar las vejaciones en una relación donde la desventaja era tan evidente. Circularon cientos de imágenes por su mente, desde los primeros mártires hasta los héroes de diversas guerras y de tantas injusticias que había leído en una numerosa cantidad de libros y que en la soledad de su cuarto habían sublevado todos sus sentimientos.
Aunque nadie dijo nada, ese fue el dia que el Pato dejo de ser un ídolo para todos. El respeto por él y sus aventuras empezó a decaer rápidamente.
El único pecado del Cholo era ser fanfarrón y tratar de aparentar más de lo que en realidad era. Su padre era un próspero comerciante, muy decente, pero jamás sería parte de la sociedad trujillana, ni miembro del club Central o del club Libertad.

El Cholo trataba de compensar esa carencia con historias falsas y exageradas y con una mano de viveza criolla y pendejada. Íntimamente sabía que aunque tuviera muchísimo dinero, habría lugares que le serian vetados siempre. Hasta que terminó el colegio, cualquier incidente que ocurriera, terminaría tomando como víctima y protagonista al Cholo. No importaba quienes hubieran estado involucrados, el Cholo era con toda seguridad el único expulsado.

Dentro de su espectacular debilidad física, había que concederle muchas cualidades. Gonzalo fue testigo de muchos conatos de bronca en los cuales la boca del Cholo no solo lo salvó de ir al hospital, sino de quedar más humillado aun. Todo lo contrario. Entre los otros salones, su reputación era de bronquero y buen “mechador”, por lo que podía darse el lujo de avasallar gente así como lo avasallaban a él en la clase de Religión.

Antes que terminara ese año, el Pato se dio maña para expulsar a tres alumnos, con los cuales no podía practicar su técnica de interrogación, ya que eran más altos y fuertes que él. Gonzalo imaginaba que no quería correr el riesgo de quedar mal delante de todos.

Poco tiempo después, trascendió la noticia que el Pato se había desligado de la congregación y que era un laico más. Luego, muchas cosas empezaron a salir a la luz, entre ellas, que no había renunciado, sino que había sido expulsado de la orden.

Casi veinte años después, en Lima, Gonzalo vio al Pato caminando por el centro y lo siguió por unas cuadras, dudando entre hablar con él o ignorarlo para siempre. Lo vio entrar al Ministerio de Relaciones Exteriores y se acercó a la Mesa de Partes para preguntar por él, en que oficina trabajaba, que hacía, y mucho mas. El conserje anciano que lo atendió, coincidentemente ataviado con un terno del mismo color, le dijo “¿Ah, se refiere al Pato? Sí, es uno de los portapliegos del Ministerio. Pero le dicen Pato de cariño”. Gonzalo no pregunto más. Dio media vuelta y se fue. A la media cuadra, se sorprendió de tener aun una sonrisa en los labios.

La clase de tercero de media de ese año hizo historia en el colegio en deportes, estudios y actividades inter-escolares. Sumamente unidos, casi cincuenta años después, se seguirían reuniendo todos los años. Sin embargo, un personaje como el Pato se mencionaría en brevísimas ocasiones.

Gonzalo, ya mayor, pensaba que era porque fue una de esas partes de la vida que todos prefieren olvidar. Esa complicidad silenciosa, esa impotencia ante el abuso y la humillación quedaron grabadas en el corazón de cada uno muy profunda y ocultamente.

diciembre 07, 2012

Las Planchas calientes que no queman




A mí siempre me ha gustado el mes de Abril. No tanto como Febrero, que por algo es el mes más corto del año, pero Abril del 65 era diferente. Mi madre había muerto un año y medio atrás, y nuestros abuelos, que vinieron de España para criarnos, habían tirado la esponja después de más de un año de tremendo sacrificio y estaban regresando a España.

Los pobres viejos, él con 75 años y la abuela muy cerca a eso, simplemente no pudieron con mi hermano y conmigo. Sin darnos cuenta por supuesto, les habíamos hecho la vida imposible con travesuras y palomilladas propias de nuestra edad. Yo tenía trece años y mi hermano Eduardo, doce.

Ante esta disyuntiva, mi padre no tuvo más remedio que llevarnos a Trujillo. Él trabajaba en Chimbote y no había en esta ciudad colegios aparentes. Esta decisión fue tomada entre gallos y medianoche, cuando ya estábamos incluso matriculados en La Inmaculada, así que nos cayó no como un baldazo de agua fría, sino más bien como un bloque de concreto armado.

De un momento a otro, adiós al colegio, al barrio, a la familia, es decir a todo lo que nos era familiar. Era definitivamente un cambio mayor en mi vida, y en ese momento, muy infortunado para mí.

Nos enteramos que iríamos a un internado, y a un colegio de curas marianistas llamado “San José Obrero”. Mi padre por animarnos, nos decía, “ahí van a aprender inglés, estos curas son gringos”. Huelga decir que mi interés por aprender cualquier cosa era cercano a cero. Además, en la Inmaculada nos habían enseñado inglés. ¿Qué chucha iba a aprender? Mi padre nunca fue un buen vendedor, lamentablemente. Sin embargo, debo decir que nos quiso mucho, mucho y tratar con un par de bestias semi domesticadas no era fácil. Fue siempre un padre excelente.

En el viaje a Trujillo desde Chimbote, pensaba en todo lo que dejaba atrás y no podía imaginarme nada de mi nueva realidad. Absurdamente, la única imagen mental que podía visualizar era jugando fulbito y metiendo golazos de cabeza. En primer lugar, nunca aprendí a cabecear bien, y en segundo lugar casi toda mi vida yo he jugado de arquero. Pero así es el subconsciente.

Llegamos a Trujillo y era un día soleado en la tarde. Trujillo es una hermosa ciudad con un estilo muy personal y que a mí me gusta mucho. Me distraje mirando las casas desde el auto, hasta que llegamos a la urbanización California, donde quedaban el colegio y el internado, a unas 4 cuadras de aquel.

El internado era una casa familiar, y nos abrieron la puerta principal, la cual nunca más vi abierta, nos recibió la administradora llamada Esperanza, bajita, ligeramente opulenta y de ojos grandes y verdes. Yo tenía trece años y la pubertad había ingresado en mi vida violenta y repentinamente. No entraré en detalles, pero ignoro porqué, se me dio en el colegio una reputación de libidinoso y morboso. No podía dejar de mirarle las piernas, hasta que un codazo de mi padre me devolvió a la realidad.

En unos minutos bajó el cura a cargo del internado. Su nombre era Francis Hickey, y se comentaba que había sido capellán en la Segunda Guerra Mundial, y esto lo había afectado mucho. Era viejo, alrededor de los 70, y se le veía muy acabado. Un fuerte olor a colonia y un aroma ligeramente familiar, que en ese momento no pude distinguir.

Fue muy amable en su mal castellano, y nos dejó con Esperanza. Después me enteraría que le decían La Marmota. Una vez más, el ingenio nacional. Era una chapa precisa.

Otra de las personas que conocimos era un gringo llamado David, de unos veintidos años, de alguna parte del medio Oeste, probablemente Ohio o Missouri, que estaba de voluntario y que hablaba muy buen castellano. David fue devuelto de emergencia a su tierra de origen, pues cayó víctima de los encantos de alguna pantorrilluda trujillana.
David nos llevó a una habitación inmensa en el primer piso, y si no recuerdo mal, para veinte o veintidós internos en sendas camas camarotes. A nosotros nos tocó la del fondo y no hubo discusión sobre quien iba arriba o abajo. El mayor siempre iba arriba, así que me gané. Nos despedimos amargamente de mi padre y nos quedamos solos.

Conocimos algunos internos, pero mi mente solo estaba enfocada en el colegio y como sería mi clase, los profesores, y el colegio, al que teníamos que ir al día siguiente. Quien sabe lo que me llamó la atención fue que habían muchos hermanos. Estaban Jaime y Bamse que eran el agua y el aceite, dos gordos inmensos, Pompo e Ítalo, los Cacho de Lima, Tuco y Tico de Chimbote.

Y llegó el día. Lunes 5 de Abril de 1965. Nos pusimos el uniforme y cargamos un maletín de cuero negro que el viejo nos había regalado y que tenía nuestro nombre  monogramado en letras doradas. El único problema era su tamaño. No hubiera podido pasar el chequeo de equipaje de mano que se hace en las aerolíneas hoy en día.

Era un día hermoso. Comparado con Lima, Trujillo tiene un clima mucho más agradable. Soleado, no mucho calor, y el cielo con unas cuantas nubes blancas y algodonadas. Pude apreciar esto a pesar que por mi cabeza pasaban solamente pensamientos negativos. ¿Y si no aprendo inglés? ¿Y si alguno de los profesores me agarra bronca? ¿Me tendré que pelear por este cojudo de mi hermano que siempre se mete en problemas? ¿O me tendré que pelear porque alguien me provoca? ¿Y si los de mi clase no me aceptan? ¿Qué pasa si alguien me quiere agarrar de lorna? ¿O me joden porque vengo de Lima? ¿Peor aún, si se enteran que soy arequipeño?

Volviendo al primer día, apenas entré, reconocí al flaco Lucho, que había estudiado en la Inmaculada hacía algunos años. Nos miramos, pero no nos saludamos. Entrando ya al pasillo donde estaban las clases, otro pata de Lima, un año menor que yo. Esto de alguna manera, mejoró mi ánimo. Eduardo y yo nos colocamos al lado de una columna, a observar a la gente. Todos conversaban, gritaban y se contaban las aventuras del verano que había pasado. Las sorpresas de siempre al ver que unos habían crecido y otros no. Nosotros, quietos, esperando que empezaran las clases. Sonó el timbre y seguimos a los demás. Nos llevaron al patio y nos pusieron en formación, año por año.

Ahí pude ver a mis futuros compañeros de clase. Había de todo. Si no fuera por el uniforme, habría jurado que más de uno era profesor o padre de familia. No sólo en mi clase sino en cuarto y quinto también. Yo buscaba desesperadamente alguien más bajo que yo, pero fue inútil. ¡Seguía siendo el más bajo de mi clase, maldita sea! Había también algunos exponentes auténticos de nuestra egregia raza andina.

El hermano Robert, director del colegio, nos dio la bienvenida y nos mandó a nuestras clases, en fila de a dos. Camino a la clase, un muchacho cabezón y de ojos verdes, con voz muy gruesa me tocó el brazo y me dijo: ¿de dónde vienes? De Lima, le contesté y me preguntó mi nombre y mi apellido, a lo cual respondí. Me dijo

-  “Yo soy Miguel”  

y  entramos a la clase. No sé cómo, terminé sentado cerca a la puerta, como a cuatro carpetas de la primera fila. Inmediatamente pensé – Buen sitio. Acá puedo pasar desapercibido – El encargado de nuestra clase, el hermano Jorge Aliaga, “Pato”, criollazo, nos miraba a todos, con una sonrisa entre sarcástica y ladina. Tenía una caminada achorada y respondería al nivel social de “clase media apitucada por complejo”.

Cuando estaba haciendo su elegante introducción, irrumpio en la clase otro alumno nuevo. Creo que apenas asomó la cara, Armando le puso “Muerto” y debo admitir que la similitud era asombrosa. El Pato, que estaba indolentemente apoyado en el marco de la puerta, casi se choca con él.

El diálogo fue algo así como:

-            ¿Y tú, quién eres?
-            Soy Currucutich, padre.
-            ¿Padre? ¿Quién te ha dicho que yo soy padre, huevón? Paf, una cachetada.
-            Perdón, señor. Paf, otra cachetada. Tampoco soy señor. Yo soy, escúchame bien, el hermano Aliaga.
-            Perdón hermano. Paf, una cachetada más. ¿Y por qué llegas tarde? ¿No sabes que la entrada es a las 8:15?
-            Si, hermano, pero tuve que ir a dejar a mi hermanito al otro colegio.
-            Paf, otra más. ¿Qué colegio?
-            El Santa María, hermano, para los chiquitos, ya con lágrimas en los ojos.
-            Bueno, ya, ya, siéntate y no me vuelvas a llegar tarde, ya sabes.


Quedó así claramente establecido el poder físico del Pato, quien con absoluta impunidad, repartió cachetadas a diestra y siniestra en el colegio. No menciono nombres para proteger a los inocentes, una vez más. El suyo sí, porque de inocente, nada.

Al principio, todos estábamos encandilados  de ver un hermano que era un pendejo, que había pertenecido a los Gatos Pardos y había conocido a Elizabeth Taylor, vivía en casa con ascensor para los autos, y era un súper peleador. Antes de terminar el año, todos, sin excepción, sabíamos la clase de farsante que era, y el grave error que cometieron los marianistas.

Luego vino una clase con el hermano Henry. Algebra. El libro era gigantesco y estaba todititito en inglés. ¡Mierda!. Felizmente Henry hizo la clase en castellano y un poco de inglés. Pero vi que iba a tener problemas graves con esto. Después tuvimos una clase con el cura Jordan, “Papapa”. Cuando lo vi, pensé que era de porcelana. Pelo blanco, blanco, rosadito y facciones perfectas. Levantaba el labio superior derecho para hablar, y nos ensenaba Historia Universal. Una vez más, un libro que parecía tener mil páginas y en inglés. 

Me sentía abrumado, pero eso no fue nada; apenas entró, empezó a hablar en inglés; yo no entendía una palabra. Pasó como media hora, un silencio sepulcral, hasta que alguien levantó la mano. Después supe que le decían Chancho.

El cura le dijo
-            ¿Yes?
Y el Chancho le contestó, en perfecto español:
-            Padre, ¿puede hablar en castellano? No he entendido nada.
Jordan lo miró como quien ha visto un ornitorrinco y le dijo, ya en español
-            Pero a mí el hermano Robert me dijo que todos entienden inglés perfectamente. A ver, levanten la mano los que no me han entendido

Yo levanté la mano pensando que por lo menos no era el único, y ¡cual sería mi sorpresa al ver que prácticamente toda la clase levantó la mano!
Los hombros del cura físicamente bajaron como diez centímetros. Una expresión de abatimiento y desilusión se dibujó en su cara y murmuró unas frases ininteligibles, pero sospecho que estaba maldiciendo en francés a Robert y a todos los que le habían hecho venir del Santa María de Lima a este colegito donde nadie hablaba inglés.

Finalmente, empezó a dictar su clase en castellano, para alegría de todos nosotros.
Poco a poco empecé a conocer a todos los de la clase. Algunos no llegaron a fin de año. El Chancho, víctima del Pato, un pata moreno cuyo nombre no recuerdo, probablemente porque ya estaba en edad de procrear y mantener una o más familias, y Roberto. Parece que comer manzanas mientras uno se masturba no es del agrado de los profesores, y Roberto tenía ese ligero defecto, del cual fui testigo presencial.

Algunos se quedaron atrás, como el gordo Víctor y el Cholo, que Dios lo tenga en su gloria. Los nuevos éramos cuatro, Gastón, Mickey, el Muerto y yo. Cada uno dejó su huella en este grupo humano.

Este fue el inicio de tres años inolvidables de mi vida, en una edad en que casi todo está por aprender, tanto académicamente como en la vida.

Aquí conocí a los Beatles, gracias Tarugo y Chilalo. A César Vallejo, gracias Roger. A las películas de mayores de 21 no recomendables para señoritas, gracias Miguelito. A dibujar pichulas en las carpetas, gracias, Armando, Chicamero, y sobre todo Currucutich.

A crear comprimidos que abarcaban libros enteros, gracias Negrito. A copiar, gracias Richard. A huevear en auto, gracias Aldo y Richard. Cómo sacarle el máximo interés a una deuda, gracias Lucho. A mirarle las piernas a Vicky con soluciones creativas, gracias Micky. A jugar taco, gracias Chicamero. A joder a los profesores, gracias Armando, gracias Loco. A conseguir pareja de promoción, gracias Aldo.

¿Cómo olvidar al Chino? Todos los vicios y malos hábitos de los que honestamente, disfruté tanto en mi vida, gracias Chinito.

Podría escribir una novela entera con todas las pendejadas que hicimos en el colegio. Y probablemente lo haga, porque son tantas. Sanas la mayoría, pero graciosas y que sacaron de quicio a muchos curas y profesores. No en vano, en Cuarto de Media no nos movieron de clase, para poder evitarle a Robert  tener que caminar más, pues  la clase estaba al lado de la dirección.

Desde meterle la mano a un profesor, llenarle el saco de pollos a otro, sacar un cuy meado del cajón del escritorio, bombardear la clase a pedos o hacer que lo boten acusándolo de comunista. Ponerle bolitas de papel en la manga al cura, no una, sino cincuenta, o hacer una bola de papel con dos periódicos enteros y tirársela a alguien en la pizarra. Desfalcamos el Kiosco, de lo que me confieso culpable, junto a otros más, y
Robert  tiró la esponja con nosotros.

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El retiro fue un relajo en que no uno, ni dos, sino muchos, se pegaron una tremenda borrachera entre pecho y espalda. Al entrar al ómnibus para regresar a Trujillo, completamente puro y respirando olor a santidad, el Chino, con una expresión de auténtico dolor, me gritó: “Cuñadito, murió Jane Mansfield!”. Acababa de capturar el periódico del chofer. John le arrimó tal sopapo que lo descuadró, pero el Chino ya estaba curtido.

Esta clase de atorrantes, palomillas incorregibles, con una identidad de pendejada grupal, haría historia en el colegio. En tercero de media ganaron todo: básquet, futbol, fulbito, el concurso de las misiones, y cuanta vaina se hizo ese año. En quinto de media, creó el consejo estudiantil, dándoles a los estudiantes la oportunidad de poder discutir decisiones con los curas y profesores. Se publicó el primer periódico en el colegio, se hicieron contactos  con otros colegios católicos, y siguió campeonando en todo. La primera placa conmemorativa en agradecimiento al colegio fue puesta por esta clase. Dicho sea de paso, el título de este relato, es un nombre que fue sugerido como nombre del periódico por algún cretino de tercero que nunca he podido olvidar. Siempre me pregunté qué clase de cerebro tiene una ocurrencia como esa…

Hace 45 años que se terminó  el colegio, y salvo algunas excepciones, todos se mantienen en contacto, a través de fronteras, mares y kilómetros. Sin duda mucho más allá de la mayoría de promociones de cualquier colegio.

Pero lo excepcional no fue el colegio. Lo excepcional fue la unión monolítica de esta promoción, en las buenas y en las malas. Los años posteriores al colegio fueron mucho mejores gracias a estas semillas sembradas en solo 3 años.

Voy a adelantarme 45 años, a la época actual, para hacer una reflexión. A lo largo de la vida, uno conoce mucha gente. Algunas personas entran en la vida, otras salen. Los recuerdos usualmente conservan a las personas que son importantes, que de alguna manera tocan nuestra vida y dejan huella. A  mis sesenta años, he descubierto que hay conocidos, amigos, enemigos y familiares. Refiriéndome solamente a los amigos, hay unos pocos, muy pocos que uno puede considerar amigos para toda la vida. Estos son los amigos de los que uno no espera nada y ellos no esperan nada de uno, pero que al verlos nos hacen sentir que los años no han pasado, y que la familiaridad y el cariño permanecen intactos, que fue ayer la última vez que se hicieron una broma o se cochinearon mutuamente. Se comparte un lugar común donde no hay lugar para lo políticamente correcto y donde la franqueza y el afecto ocupan un lugar preferencial


-       ¿Quiénes me afeitaron la cabeza cuando ingresé a la Universidad Cayetano Heredia, dejándome llagas que tardaron más de un mes en cicatrizar? La Loca y Miguel.
-       ¿Quiénes estuvieron conmigo cuando murió mi padre? La Loca, Pocho y el Loco.
-       ¿Quiénes hicieron una reunión para ayudarme cuando yo estaba hecho mierda después de la muerte de mi viejo? Armando, Pocho, Oscar, el Negro, el Abuelo y varios más. La memoria me falla a estas alturas.
-       Cuando me quedé sin un lugar donde vivir, ¿quién me abrió la puerta de su casa donde permanecí casi 3 años como un miembro más de la familia? Armando y su extraordinaria familia, a la que quiero como a la mía propia.
-       ¿Quién me llevaba a deslizarnos en un VW destartalado en los campos brumosos de las Lomas de Lachay, arriesgando mi vida? El único, el Locazo.
-       ¿Quién me dio la oportunidad de empezar mi propia compañía, confiando ciegamente en mí, a pesar de mi dudosa reputación, y la pésima performance con el Kiosco del colegio? Aldo.
-       ¿Con quién terminé a medio metro del monumento central del Ovalo “El Monitor” en el Callao? Los chalacos de la clase deben saber dónde nos dirigíamos…  El Chino, pues.


Las casas de estos amigos siempre tuvieron las puertas abiertas para mí, y jamás me sentí rechazado en este grupo. Sé que algunos se preocuparon de mi posible sobrevivencia más allá de los 30 años. Con la ayuda de ellos y la gracia de Dios, soy un sexagenario feliz y con una nieta hermosísima.

Tengo, indudablemente, otros amigos de toda la vida. Pero son pocos. 
Soy un hombre afortunado. Conozco gente que pasa por la vida sin tener un solo amigo como los que yo tengo. Me gustaría decir que conozco pocos así, pero no, son muchos. La mayoría de seres humanos tiene uno, dos o tres amigos de estos. ¿Quién puede decir que tiene más de diez? Yo. ¿Y más de veinte? También yo.

Este relato es para agradecerles a estos gallardos compañeros míos, aventureros natos, por hacerme uno más, por la oportunidad extraordinaria de haber compartido parte de sus vidas.

Se quedaron dos nombres, entre otros muchos sin mencionar. Pero uno de ellos, el más bueno de todos nosotros, Eduardo, se fue antes, y de un momento a otro. Incólume al malevaje reinante, siempre fue el mismo. Nunca una palabra dura, un insulto.
Y finalmente, Oscar, el presidente vitalicio, quien nos enseñó lo que significa la unión más allá de las palabras. Siempre comprometió la acción, y fue quien mantuvo durante todos estos años, esa unidad que pocos grupos humanos tienen.


Mis respetos, y gracias a todos