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febrero 02, 2013

Los Olvidables Años Sesenta



No. No es un error tipográfico propio y típico de de un anciano. “Olvidables” es una palabra tan válida y con tantos pergaminos como “Inolvidables”. Lo que pasa es que no me refiero a la década de los años sesenta del siglo pasado, que tuvo música extraordinaria y con cambios en todos los aspectos sociales del mundo. En realidad pasaron tantas cosas en esos años que esmuy fácil recordar e identificarse con alguna de ellas.

Estoy hablando de esta década, en la que he cumplido sesenta años y todo se me olvida. Cumplir sesenta fue para mi un hito que nunca pensé alcanzar. Si bien otras personas tienen metas mas elevadas y moral o económicamente mucho mas encomiables, para mí, sólo llegar a esta edad sin haber perdido la razón ni en una cárcel, ni como un paria, era en sí una meta importantísima.

Debe ser por eso que empecé a escribir. Porque aunque en diferentes etapas de mi vida había perdido la dignidad y el orgullo, recién a los sesenta perdí la vergüenza.
Llega un momento en que uno piensa ¿Y todo lo que has vivido, se morirá contigo? ¿No sería importante aunque sea arrancar una sonrisa o una lágrima de algunas gentes, te conozcan o no? Y por encima de eso, tu nieta, ¿No crees que le gustaría saber un poco de tus locos años mozos, de tus sentimientos, de tus vivencias, de tu retorcido y extraño sentido del humor y de tu sofisticadísimo sentido del ridículo, que tantas cosas te impidió hacer, y que recién a esta edad te das cuenta?


Entonces decidí ponerme a escribir algunas historias. De ellas, algunas son tristes, otras son alegres, las hay también graciosas o absurdas, pero describo mucho de mí, y estoy totalmente seguro que han arrancado más de una lágrima y una sonrisa. Lo digo con certeza porque han sido mías, y en varias ocasiones.


Ahora viene lo interesante: cada vez que las releo aparte de las emociones, me ocurren dos cosas, ambas muy preocupantes. En primer lugar, y me da mucha cólera, encuentro faltas ortográficas y de sintaxis, a pesar de haberlas revisado varias veces. Con lo maniático que soy en esos temas, cuando encuentro una falta, me flagelo mentalmente con el lomo virtual desnudo, y hay días en que pierdo gran parte de mi tiempo con esa tortura mental. El látigo imaginario parece tener entrelazado en sus puntas con plomo candente la palabra “imbécil”. 

No, si cuando me torturo mentalmente, mi autoestima llora y se desespera sólo con la idea anticipada de los latigazos. Soy implacable. Sin embargo, al siguiente relato, vuelven a crecer mas faltas aun.


Pero lo mas grave es que algunos de esos recuerdos ¡ya no los recuerdo! Es como si hubieran salido a flote en el calor del relato y luego se hundieron para siempre. Al principio pensé que era lo lógico. Habían dejado de vivir en mi mente y reposaban durmiendo no se si el sueño de los justos o la pesadilla de los apostatas y descreídos.


Cuando me di cuenta que me olvidaba el nombre de una película, al autor de un libro, o mas crítico aun, el “password” de alguna aplicación e incluso mi código de empleado, me empecé a preocupar seriamente. Con mi febril y aterrorizada imaginación, me imaginaba con demencia senil o Alzheimer en menos de seis meses.


Por supuesto, no hice nada por un tiempo. Me la pasaba planteándome retos sobre cosas de cultura general, o me ponía a pensar en un escritor, y luego recordar sus libros, y luego los personajes de esos libros. Peligrosísimo y desmoralizador juego. No se lo recomiendo a nadie.


Eso de poner a José Arcadio Buendía en el Amazonas, a Lituma en las estepas siberianas o Aliosha borracho en un burdel de Macondo, no es una buena idea, y al final, uno siempre sabe que se esta equivocando.


Entonces empecé a tratar de recordar cosas mucho más simples. Lo que comí ayer, o cual fue el ultimo restaurante al que fuimos. Malo, malo. Siempre tenia la respuesta lista y parecía muy fácil hasta que descubrí que lo que recordaba no era necesariamente lo que había pasado, a no ser que la que tenga Alzheimer sea mi mujer.


Peor fue cuando gradualmente me di cuenta que habían muchas cosas que “pensaba” que recordaba perfectamente. Se me pararon los pelos cuando descubrí que tenía muchas “listas” y “etiquetas” en la cabeza que estaban completamente vacías o a medio llenar, cuando deberían estar saturadas de información.


Hay una especie de pez, del cual no recuerdo su nombre, que cada día tiene que volver a aprender lo necesario para sobrevivir. No tiene memoria. Creo que fue la inspiración para uno de los personajes de la película “Nemo” de Walt Disney. Yo veía mi destino reflejado en ese maldito pez. Hasta me veía de color azul.


La imaginación parece no tener problemas con el tema de lo que uno se acuerda o no. La mía ya me había puesto en un asilo, con una enfermera limpiándome la baba que chorreaba por las comisuras de mis labios…


Compartí esta preocupación con mi hermano. El es un año y medio menor que yo, pero sin duda ya había experimentado estos olvidos involuntarios. Con ese sentido práctico que tanto admiro y envidio, me dijo “Para eso han inventado Google” No insistí en el tema…


Entonces, compulsivamente empecé a “googlear” todo lo que pudiera acerca del proceso de envejecimiento. Al principio, por supuesto, me identificaba con todos los síntomas de Alzheimer o de un tumor cerebral maligno. A estas alturas, le enfermera imaginaria no me limpiaba la baba, sino el poto, lo cual no deja de ser una buena idea, al fin y al cabo.


Pero poco a poco, y tratando de enfocarme mas en el envejecer que en el tumor cerebral, descubrí información muy interesante.


Aquel que se preocupa por lo que cree que esta olvidando, no es el que tiene un problema. Por el contrario, si la persona piensa que todo va bien y ni siquiera se interesa por el tema, es probable que sufra algún problema serio. Parece que estas enfermedades de demencia y relacionadas, también borran la conciencia de que uno se ha olvidado de algo. En otras palabras, es como perder archivos completos del disco duro mental. Una especie de formateo selectivo, digamos.


En cambio, la persona que está consciente de que está ocurriendo algo con su memoria, es perfectamente normal. Las arterias se endurecen y engrosan, las neuronas mueren o pierden vitalidad y todo se vuelve mas lento y difícil. Pero es como las arrugas o los achaques. Son naturales y hay que aceptarlos como parte de la vida. Como mi rodilla, que ya acepté que me va a doler esporádicamente el resto de mi vida, o esas incipientes pecas que me están saliendo en las manos.


Luego recordé un incidente que ocurrió cuando mi abuelo tenía 75 años. Estábamos almorzando con mi padre, mi tío Pepe y la abuela, y la entrada tenia queso fresco. Queso fresco como el peruano, tan sabroso y “fresco”, es difícil de encontrar en otras partes del mundo. Mi abuelo, que pensaba que España era la pepa del mundo, dijo que había un queso español del mismo tipo, por supuesto mucho más sabroso. Sin embargo, no recordaba el nombre.


La conversación cambio de tema, pasamos a la sopa, el segundo y el postre. Notaba que mi padre y el tío Pepe seguían conversando fluidamente, pero mi abuelo parecía desconectado. Casi no participaba en ningún tema que se tocaba. Un sí por acá, un no por allá, pero eso era todo. Ya en la sobremesa, el abuelo comenta en tono de derrota “¡Y no puedo recordar el nombre del queso ese!”


Ya sabemos de donde me viene la obsesión.


Por el lado materno, el asunto era inconscientemente obsesivo gracias a la mamamita. 

Cuando me casé, ella tenía ya 84 años, y cada vez que la veía, que era los domingos en casa de la tía Maruja, entrábamos a una conversación ritualística


“Hola, mamamita”“¿Fernandito? Hola hijito, ¿Qué ha sido de tu vida?”“Trabajando, mamamita”“Ah, ¿y donde trabajas?”“En IBM, mamamita”“IBM, IBM… ¿Ya tienes tiempo ahí, no?”“Si, mamamita”“Y Eduardito (mi hermano), ¿se casó?“Si, mamamita, se casó, y le va muy bien”“Que bueno, que bueno. ¿No te pierdas hijito, ya? Ven, visítame”“Si, mamamita, el próximo domingo vengo a verte”“Muy bien hijito”


Cada domingo, por años, el diálogo se repitió casi literalmente. No se acordaba de mucho, pero lo que se acordaba, era a la perfección. Casi como si hubiera tomado una foto mental mía de hace 20 años, y cada domingo al verme, su reloj cerebral volvía a esa época. No puedo sino añadir que era una obsesión arteriosclerótica, pero obsesión al fin y al cabo.


Así que los genes juegan un papel importante en esta ordalía de edad y sangre.


Pero creo que lo importante es envejecer con dignidad y sin vergüenza. Tarde o temprano, deberemos irnos, y mientras no nos llegue el día, hay que hacer lo posible por vivir el hoy, de la manera que más nos guste y nos plazca.


Yo gracias a Dios, he descubierto que me gusta escribir, aunque sea con faltas y huecos tipo queso gruyere en la memoria. Y agradezco el tener la oportunidad de poder compartirlo.


Bueno, tengo que irme a almorzar con... esteee… ¡ah, ya! ¡Marita! 

diciembre 25, 2012

Una Navidad "De Verdad"



¡Primero de Diciembre! ¡Llegó el día esperado!  Pepito había dormido escasamente esa noche. A sus 7 años de edad, esta era la fecha que venía esperando desde que aprendió a leer y escribir unos meses atrás.

Finalmente podría escribir su “Carta a Papa Noel”. En Navidades anteriores su mamá las había escrito por él, con lo cual había que pasar una censura muy estricta, y al parecer, su mamá no escribía muy bien, porque muchas de las cosas que había pedido a Papa Noel, nunca le llegaron o habían sido reemplazadas por otras que él no había pedido, y que francamente no le gustaban. 

Además, su mamá siempre trataba de convencerlo de pedir otros juguetes. Como por ejemplo cuando pidió un auto de carrera que había visto en la tele, un “Dinky Toy”, como el que tenían todos sus amigos, y le llegó una ambulancia blanca, chiquitita, que era muy bonita, pero, ¿Cómo se podía hacer carreras con una ambulancia? Él sabía que las ambulancias siempre iban muy rápido por lo de los enfermos y todo, ¡Pero jamás participaban en una carrera!

-        Pero mamá, ¿Acaso has visto alguna vez una ambulancia en una carrera de carros? ¿Qué van a decir mis amigos?
-        Ay, Pepito, a mí me parece muy linda. Y siempre que tu papá ve una carrera, yo veo que hay una ambulancia.
-        Mamá, es para los accidentes, pero nunca corre con los otros carros.
-        No te preocupes, le va a gustar a todos tus amigos.

Pero Pepito se preocupaba y terminaba camuflando la camioneta con acuarelas, y hojas, para decir que era un “vehículo de guerra”. Lo mismo pasó cuando pidió una escopeta de verdad y Papa Noel le trajo una escopeta de latón que disparaba un corchito amarrado al gatillo para que no se perdiera.

Así que ahora que ya sabía escribir, pensaba él solito hacer su lista y que nadie le hiciera de intermediario. Pero como su escritura no era del todo perfecta y podía haber algunas faltas de ortografía, pensó en Mario, su vecino, que era como cuatro años mayor que él, y que sin censurarle ni escribirle la carta, con gusto lo ayudaría a corregir cualquier error.

Pepito tenía todo planeado. Le tomaría 3 días escribir la carta, 1 día corregirla con Mario, 1 día para ponerla en un sobre y esperar al cartero, que pasaba todos los días por la casa.

Aunque casi nadie lo conocía, Pepito desde hace un tiempo había entablado amistad con él sin que nadie se percatara de ello. Le preguntaba dónde iban las cartas, quien recibía más en el barrio, y como se hacía para mandar una carta. Aprendió lo de las estampillas y todo.

Una tarde de Noviembre, se atrevió a preguntarle al cartero cuánto costaría mandar una carta al Polo Norte, a Papa Noel específicamente. El cartero sonriendo le dijo que las cartas a Papa Noel eran gratis y no necesitaban estampillas. Entonces Pepito le preguntó si se la podía dar cuando estuviera escrita, y el cartero le dijo “¡Por supuesto! Yo mismo me encargaré de ponerla en el primer embarque al Polo Norte.”

Pepito sonrió maquiavélicamente. Estaba todo coordinado. Ahora sí Papa Noel recibiría información original, y no a través de terceros. No habría tergiversaciones ni erróneas interpretaciones.

Así que ese día se levantó, era Sábado y todos dormían hasta tarde, especialmente sus hermanas. Tenía cuatro y no lo dejaban tranquilo jamás. Lo acusaban a su mamá todo el tiempo y lo que más le molestaba era cuando hacía pila y tenía que levantar la tapa de asiento del wáter. Siempre se olvidaba de volverla a su lugar, y 2 o 3 veces al día, alguna de sus hermanas gritaba y le decía a su mamá.

Él se dio cuenta que a su papá nunca le gritaban y siempre que podía, iba al baño de su papá, donde podía orinar a sus anchas. Además hablaban todo el tiempo de tonterías, lloraban de cualquier cosa y nunca le daban importancia a los problemas que él tenía. Sobre todo, Mónica la mayor, le hacía la vida imposible. Tenía un extraño presentimiento que esto lo perseguiría toda su vida.

Había conseguido en el colegio papel de doble raya, donde le era más fácil escribir, se sentó en su mesita, y empezó la carta. Después de considerarlo por un rato, decidió que lo mejor era ir directo al grano. Su mamá le hacía recordar todas las cosas buenas que había hecho y cuándo se había portado mal, y lo escribía en la carta, para embarazo y molestia de Pepito.

Pensó que era mejor decirle que se había portado bien “en general”, no entrar en detalles y que había sacado muy buenas notas. Esto último era muy bueno, pues Papa Noel podía ir a preguntar al colegio y de seguro le darían buenas referencias, sobre todo si estaba la Miss Carmela, que lo quería mucho. Mas bien la Miss Magali de inglés, no iba a hablar muy bien de él, pero las notas estaban ahí y no mentían.

De inmediato procedió con la parte que se tenía aprendida prácticamente de memoria:

“Para esta Navidad, quiero que me traigas…”

Pepito había pensado mucho en sus regalos y como evitar que le trajeran un regalo que no se ajustaba a sus requerimientos.

Era muy organizado para su edad, Estaba pensando de qué manera podía pedir un regalo que no pudiera ser malinterpretado. Como la escopeta de latón en vez de la de verdad, y que su papá le dijo. “Pero hijo, es de verdad. No dispara balas, pero dispara”. Algo de razón había en eso.

Finalmente creyó haber dado con la solución y empezó a escribir su carta. ¡En 3 días, y tras innumerables intentos, la tenía lista!

Había dado con la solución algunos días atrás. No tenía pierde. No había manera que lo que pidiera fuera cambiado, y continuó con la carta:

“…un perro de verdad, un gato de verdad, un elefante de verdad, una jirafa de verdad, una ballena de verdad, un león de verdad, un tigre de verdad…”

La lista era larga. Cuando terminó la carta. Pepito había pedido 26 animales de verdad. Esto no podía fallar. Animales de verdad, son animales vivos, así que Papa Noel no se puede equivocar en eso.
Terminó la carta antes de lo esperado. El domingo fue a ver a Mario, que ya sabía que tenía que corregir solo ortografía y algunos errores gramaticales, pues Pepito le había advertido cual era el alcance de su trabajo.

Mario, entre sonrisas, corrigió la carta y le dijo,

-        ¿Pepito, no crees que tantos animales son muchos? Papa Noel no trae tantos regalos a nadie.
-        Bueno, ya he pensado en eso. Con que me traiga unos diez, voy a estar contento.
-        Pero incluso diez es mucho.
-        Mario, tú no entiendes. Cuando mi mamá escribía la carta por mí, terminábamos pidiendo 4 o 5 regalos. Y Papa Noel me traía siempre 2 o 3. Por eso ahora, le pido más.
-        No creo que funcione así, pero es tu carta, Pepito.

Una vez de regreso a su cuarto y previamente bloqueado para evitar el ingreso de las hermanas, procedió a meter la carta en el sobre, ponerle cinta “Scotch” para que no se pudiera abrir así nomás, y mirando una carta de ejemplo, puso su nombre y dirección como remitente en la parte de atrás, y al centro del sobre, muy formal:

Sr. Papa Noel
Polo Norte
Planeta Tierra
Presente

Esperó pacientemente hasta que el Viernes llegó el cartero y corriendo fue a su encuentro: “Alejandro, Alejandro, acá esta la carta para Papa Noel”. Alejandro, algo cansado por el volumen de correspondencia navideña, y molesto porque los vecinos no le habían dado muchas propinas como se estila en Navidad, recibió la carta de mala gana, y le dijo, “OK, yo la enviaré” y siguió su pesada jornada.

Al final del día, fue con la carta a su casa, y la dejó en un estante en la cocina. La carta permaneció allí durante muchos días, hasta que el 24 de Diciembre, que Alejandro no trabajaba, se percató que tenía la carta de Pepito. Su intención había sido dársela a los padres de Pepito para que supieran lo que él quería.

Alejandro era un personaje solitario. Nunca se casó y tuvo muy cortos romances con dos o tres mujeres que no prosperaron. Hijo único, estaba lleno de manías propias de un solterón y se aproximaba ya a los 60 años. Era muy tímido, casi no tenía amigos, pero era muy buena persona. Siempre que podía, ayudaba a alguien en apuros, y prefería siempre permanecer anónimo.

No había vuelto a ver a Pepito desde el día que le entregó la carta. Se preguntó cómo se sentiría cuando viera que ningún regalo de la carta llegaría esa noche. Era ya muy tarde para hablar con los padres. No tendrían tiempo para comprarle nada y seguramente le harían pasar un mal rato por ilusionar vanamente a un niño en un día tan especial.
Sintió que el corazón se encogía y decidió abrir la carta. Recordó también que hace algunos años, en una de esas fiestas de la oficina, lo hicieron vestirse de Papa Noel, por ser gordo. Se rehusó de todas las maneras posibles, pero al final no le quedó más remedio que ponerse el traje y pasarse la reunión cargando a los hijos de los empleados y dándole un regalo a cada uno. No fue tan malo después de todo. A él siempre le gustaron los niños. Era mucho más simple y fácil hablar con ellos…

Por su mente cruzó una idea muy aventurada para su carácter, pero sentía que no tenía más remedio que hacer lo que pensaba, hasta que leyó la carta de Pepito.

Al ver que quería 26 animales vivos, solo se le ocurrió mandarlo a vivir al zoológico, pero después lo pensó mejor.

Eran casi las diez de la noche, y todos los negocios estaban cerrando. A toda prisa sacó el naftalinado traje de Papa Noel, se lo puso, se tuvo que afeitar el frondoso bigote, y se pegó la barba y el bigote blancos y se puso la peluca, blanca también. Al mirarse al espejo, difícilmente se reconoció, y pensó que había hecho un buen trabajo.

Con sólo la carta y la billetera, se dirigió a una tienda de mascotas que había en la vecindad lo más rápido que pudo. Encontró al dueño cerrando la tienda, y le explicó lo que quería hacer. El dueño lo hizo pasar y Alejandro casi de inmediato vio lo que buscaba, Era una bolita dorada brillante, con 2 ojos negros como boliches y una mirada casi humana. Entraba tranquilamente en una mano.

El precio del perrito era prácticamente un mes de sueldo de Alejandro, pero no dudó un instante y lo compró. Al salir el dueño le dijo “Vea, este es un Golden Retriever, hijo de campeones. Acá tengo todos los papeles, y puede pasar a recogerlos otro día si gusta”.

El cartero sonrió silenciosamente y pensó para sus adentros que esos papeles nunca serían necesarios. Se lo entregaron en una cajita de regalo, con agujeros para que pudiera respirar.

Alejandro no tenía auto, y ya no había transporte público a esa hora. Calculó que le iba a tomar como hora y media o dos llegar hasta la casa de Pepito. Empezó a caminar a toda prisa. La noche era una de las típicas noches limeñas de Diciembre, húmeda y calurosa.


Mientras tanto, en la casa de Pepito, Pepe y Lucía estaban muy preocupados. Sus cuatro hijas le habían entregado sus cartas a Papa Noel, pero no hubo manera que Pepito les entregara algo. A las preguntas sobre la carta, Pepito contestaba “No quiero que se molesten por eso. Yo ya arreglé el asunto”. Con sus siete años, Pepito sorprendía a veces con sus repuestas y su tozudez. Más que tozudo, era obstinado y perseverante. Una vez que decidía algo, era muy difícil hacerlo cambiar de opinión.

Su papá le decía,

-        Mira hijo, si no me das la carta, no voy a poder enviarla, y Papa Noel no va a saber que traerte. ¡Te advierto que te vas a quedar sin regalo!
-        Papá, él ya sabe lo que quiero. No necesito enviarle otra carta.

Pepe y Lucía pensaron que él había escrito una carta y la había puesto en el buzón, así que Lucía volvía con el tema.

-        ¡Mira que las cartas se pierden y si no le has puesto estampillas, te la van a devolver y va a ser muy tarde para mandarla de nuevo!

Pepito tenía respuestas para todo.

-        ¿Mamá, acaso no sabes que las cartas a Papa Noel no necesitan estampillas? ¡Eso lo sabe todo el mundo!

Lucía se angustiaba mucho. Su engreído, el hombrecito de la casa, independiente y coherente, a veces resultaba mucho para ella, que era todo sensibilidad y amor.

Pepe, mucho más práctico, trataba de sonsacarle que carrito quería, pelotas, armas, rompecabezas, innumerables juguetes pero Pepito no soltó prenda. No sabía que Pepito tenía el temor que se comunicaran con Papa Noel para cambiarle alguno de los animales que había pedido, o algo así.  

Al final, Pepe perdió la paciencia y le dijo a Lucía

-        Este chico es terco como una mula. Es peor que tu papá, y de ahí le debe venir. Por mi parte, que se joda, le voy a comprar un par de carritos, un balde para la playa y una pelota de fútbol. Si le gusta bien, si no, ya aprenderá para la próxima. Le vamos a tener que decir que la carta se perdió por no dárnosla
-        Ay, Pepe, pobrecito. Me rompe el alma, pero este chico es tan especial. A veces me hace sentir tan orgullosa y otras me hace perder la paciencia
-        Tienes razón, pero es un buen chico, y muy maduro para su edad. Vamos a ver como capeamos el temporal

Finalmente dieron las 12 y tras el saludo de Navidad, los niños se apresuraron a ir al árbol a abrir sus regalos. Pepito estaba de pie frente al árbol, y no veía ninguno de sus animales. Abrió sin entusiasmo sus regalos, que no eran en absoluto lo que había pedido. Se dijo a sí mismo “Entonces lo que dice el gordo Mantilla es cierto, Papa Noel no existe, los regalos los compran los papás”. 

Estaba experimentando la primera gran desilusión de su vida y sentía un profundo dolor. Todo este esfuerzo por nada…

Alejandro seguía caminando a toda prisa y como veinte minutos después de la medianoche, llegó a la casa de Pepito. Tuvo que descansar unos minutos para secarse el sudor, recuperar el aliento y recomponer el disfraz. Agotado, tocó la puerta de la casa de Pepito. Lucía abrió la puerta y cuando escuchó al hombre vestido de Papa Noel decirle

-        Buenas noches Señora, ¿Está Pepito por favor?  

No supo qué decir y sólo atinó a señalarlo con la mano. 

Pepito levantó la cabeza y su corazón se detuvo. ¡Ahí estaba Papa Noel en carne y hueso y con una caja en los brazos! Cuando lo llamó, no sabía si estaba flotando o sus pies realmente se movían.

Al llegar frente a él, Papa Noel le dijo

-        Pepito, lamento llegar tarde, pero es una noche de mucho trabajo para mí, y quería venir personalmente para explicarte qué es una carta a Papa Noel. Una carta a Papa Noel no es una lista de todas las cosas que quieres tener. Debería ser una sola cosa, y esa cosa es lo que más deseas. Yo no puedo llevar juguetes a muchos niños porque no me da el tiempo ni las cosas que tengo para dar. Tú eres afortunado y por eso te he traído una cosa de las 26 que pusiste en tu lista. Pero quiero que para el próximo año pienses bien en lo que vas a pedir.

Y le entregó la caja. Pepito abrió la caja, miró al cachorrito y le gritó ¡Pascual! mientras el cachorrito saltaba a lamerle la cara. A partir de ese momento, Pascual y Pepito se conectaron de tal manera, que ambos sabían que estarían juntos toda la vida.

Pepe y Lucía no salían de su asombro, y cuando Papa Noel se despidió de Pepito y las niñas, que tampoco habían atinado a nada, llegó a la puerta y Pepe le preguntó de qué se trataba todo esto. Alejandro le dijo

-        Ustedes no me conocen, pero encontré esta carta en la calle, y pensé en el niño que no recibiría nada esta Navidad. Decidí por lo menos ayudar a uno, ya que no puedo ayudar a todos los que no recibirán nada. ¡Buenas Noches y Feliz Navidad!

Evidentemente nunca lo reconocieron. Solo Pascual, que sabía la verdad, movía la cola con un entusiasmo indescriptible cada vez que lo veía, saltaba y le ponía las patas en el pecho, pues terminó siendo muy grande.

Una pareja que pasaba por allí un día, comentó “Y después dicen que los perros odian a los carteros”

Al año siguiente, Pepito escribió una nueva carta. Esta sí llegó a manos de sus padres. Cuando la abrieron, solo decía:

“Querido Papa Noel, este año me he portado muy bien y he sacado muy buenas notas. Para Navidad, quiero que mi regalo se lo des a otro niño que no recibió nada el año pasado”

A Pepe y Lucía se les salieron las lágrimas y a partir de ese año, para Navidad, organizan entregas de regalos a niños pobres de la zona.

Nadie supo nunca lo que hizo Alejandro…

Pepito se graduó de veterinario y hasta ahora está seguro que de alguna misteriosa manera, Papa Noel sí existe.

Y ésta sí es una Navidad “De Verdad”

diciembre 06, 2012

Incidente Diplomatico

En uno de los muchos viajes que hice por motivos de trabajo a Bolivia, país al que quiero mucho, hay un incidente que merece la pena recordarse. Pero más que recordar, es factible de contar, porque la censura dejara muchas aventuras con mis grandes amigos bolivianos en el silencio de los muertos.

La ciudad de La Paz, a una altura de unos 4,000 metros sobre el nivel del mar,
 es un reto difícil de superar ya que solo caminar cuesta trabajo. Si a eso le añadimos que no hay en la ciudad un tramo plano mayor a 500 metros, se entiende por que hay que tomar un taxi para subir dos cuadras. Bajar no es problema. Se pueden bajar cuatro cuadras seguidas sin sentir que uno va a terminar con un ventrículo en la mano. La parte positiva de este problema de altura, es que el aeropuerto esta aun mas arriba, como 500 metros más arriba. Y digo positiva porque aquel que sobrevive al aeropuerto sin un infarto fulminante, difícilmente morirá en La Paz. Es decir, si se siguen los consejos de tomar taxi hasta para cruzar la calle.

Incluso dormir era un problema, porque el peso de la sabana sobre el pecho y del pijama en el cuerpo, le impide a uno respirar bien por lo que hay que dormir prácticamente desnudo. La segunda vez que fui, justamente por dormir en pelo, me resfrié. Un resfrío en La Paz para un gordo, fumador y fanático de mirar el mar a la altura de sus rodillas, es peligroso.

Llamé a recepción del hotel y en menos de 1 minuto tenia un médico en la habitación. Me dio la impresión de que era empleado permanente del hotel. Inmediatamente y sin hablar me puso una inyección, me dejo unas pastillas y me dijo que llame a recepción en la noche para ponerle otra inyección. En minutos me sentí como nuevo y agradecidísimo al Doctor.

Tan es así, que cuando bajé, pedí hablar con el gerente (suelo hacer esto de vez en cuando) y le indiqué cuan impresionado y agradecido estaba por el excelente servicio, y en especial por el doctor que me había tratado. Entusiasmado como estaba, le dije que si quería, le podía enviar una carta formal de agradecimiento, a lo cual, el hombre, abrumado y feliz, me dijo “Si usted gusta…”

Nunca envié la carta. Flojera que le dicen. (También suelo hacer esto de vez en cuando)

El Doctor ya no se veía muy contento cuando esa noche, a las 3 de la mañana, llamé, ligeramente ebrio, para que me pusieran mi inyección…

Detalles al margen, la gente con la que trabajaba en Bolivia era fantástica. Aparte de trabajadores e inteligentes, como casi todas las personas estupendas que he conocido, era además ocurrente, ingeniosa, juerguera a morir y excelentes amigos. No recuerdo una sola vez que no lo haya pasado genial en Bolivia.

En esta ocasión, habíamos quedado con Julio, Germán y sus respectivas esposas, Nelly y Teresa, en salir juntos a una peña de música típica boliviana. Yo pensaba que la música típica boliviana era igual la de Cuzco y Puno, pero estaba muy equivocado. Tienen una gran variedad e incluso algún grupo se asemejaba más a los grupos folklóricos de Argentina. Al final todos tenemos identidades comunes.

Honestamente, yo no les tenía miedo a mis amigos bolivianos. Les tenia un poco de temor y de aprensión, porque una vez que empiezan, no son fáciles de detener. Y yo no soy precisamente de los que tratan de calmar los impulsos de los demas, en especial en temas como éste.

Sin embargo, el hecho de que salieran con sus esposas, le daba cierto aire de seriedad y formalidad al asunto. Además, era viernes, el domingo había elecciones municipales y la ley seca entraba en vigencia el sábado. O sea que a la medianoche, ya no se podía consumir, perdón, digo mal, comprar mas licor.

Prometía ser una noche agradable, novedosa y medianamente tranquila.

Llegamos como a las 9 de la noche, y empezamos a disfrutar del show tomando unos coctelitos de singani, un licor muy parecido al pisco. Un poco mas dulce, pero pasa bien.
Después pasamos a whiskey, mientras las señoras, Teresa y Nelly, tomaban un coctelito de esos con sombrillitas y limones colgados.

Como yo no tenia pareja, se anoto Gonzalito, que trabajaba en Contabilidad. Muy buena persona, un poco introvertido, y que tenia una característica muy especial. Cuanto más tomaba, mas bajito hablaba. Siempre al final de la noche, había que acercar la oreja a un par de centímetros de su boca porque mas que hablar, susurraba. Aunque aun joven, era evidente que había elegido ya la carrera de solteron consuetudinario. Sabiduría innata, me imagino.

El espectáculo estuvo estupendo, la compañía mejor, y el trago con mesura. Un poco antes de la medianoche, anuncian que el bar va a cerrar en unos minutos por la ley seca, y los parroquianos que quisieran, podían pedir una última ronda. Julio se levanto, y yo me imaginé que era para pedir una vuelta mas, y regresa con su cara de inocente y dos botellas de whiskey diciendo “El hielo no tiene alcohol, así que lo van traer después”.

Las señoras protestaron, Nelly se molesto con Julio se, pero era inútil. Ante lo hecho, pecho.

No quiero pecar de presumido, ni mucho menos, pero dos botellas de whiskey entre los 4 dipsomanos ahí sentados, no era como para decir ¡que barbaridad, van a terminar borrachos como unas uvas! No. Picados, si. Por tanto, no le di importancia, y procedí a tramitar el expediente, con el mismo entusiasmo de mis compañeros. Las señoras se sirvieron un whiskey cada una, y tuve la impresión que lo estaban pasando muy bien.

Después de todo, éramos graciosos, ocurrentes y rápidos en los juegos de palabras de doble sentido. ¡No cabe duda que fue una gran noche!

Nada mas salir, en el primer semáforo que encontramos, a escasos 50 metros de la peña, Germán se sigue de frente en la luz roja y nos chocamos con un auto que iba a regular velocidad. Esto ocurría en el centro de La Paz, a las 3 de la mañana, víspera de elecciones, con ley seca, y en la esquina de la embajada de los Estados Unidos de Norteamérica.

Un detalle más: el conductor del otro auto era polaco, hablaba muy poco español, y no sabía ingles. Cuando digo polaco, me refiero no solo a la nacionalidad, sino a algunas características atribuibles a esa etnia: Colorado, unos 2 metros de altura, una quijada semi horizontal y terco como una mula. Puedo afirmar casi con absoluta certidumbre que el señor nunca fue el primero de su clase. A excepción de un diploma de asistencia perfecta, probablemente no obtuvo premio alguno. Ahora, con total seguridad, afirmo que nos quería matar a los cuatro. Lo peor es que no dudo que lo hubiera logrado, aunque Germán , que además era el mas belicoso en el lado nuestro, fuese mas alto y robusto que nosotros. Julio y yo, caballerosamente le cedimos el lugar frontal para hablar con el polaco. Nosotros estábamos detrás de el, “por si acaso”.

Mientras tanto, Gonzalo, que si estaba un poquito pasado de tragos, se logra separar del grupo y empieza a caminar decididamente. Julio le pregunta, “Gonzalo, a donde vas?” Gonzalito, muy serio, le dice “Voy al teléfono publico a llamar al presidente, Jaime Paz Zamora. El tiene que saber lo que nos ha pasado”. Afortunadamente, Julio logro convencerlo que lo llamara mas tarde.

En el ínterin, y antes que supiéramos que el polaco casi no hablaba nuestro idioma, nos vimos rodeados por 20 Rangers, policía especial, guardias normales, y todos armados. De esa manera hasta el polaco entendió.

Como es de suponer, era un pandemónium total. Lo menos que se hubiera imaginado la policía boliviana era un accidente en la esquina de la embajada americana en víspera de elecciones, y no estaban preparados para eso. Menos aun, para separar a dos individuos gritando a voz en cuello en idiomas diferentes. Creo que no se agarraban a golpes por la cantidad de armas que nos rodeaban.

Por mi parte yo solo pensaba en el titular del diario al día siguiente: “Maniobra de distracción de facción peruana de Sendero Luminoso frente a embajada americana es frustrada exitosamente por la policía”. Eran los tiempos mas activos de Sendero Luminoso en el Perú, y mi imaginación corría más rápido que Usain Bolt.

Felizmente llegó un capitán a poner orden. Germán, de inmediato empezó a hablar sin detenerse un instante. Tocó desde los problemas de semáforos malogrados hasta los peligros que implicaban estos inmigrantes extranjeros que ni siquiera aprendían el idioma. El capitán escuchó pacientemente y finalmente le dijo, vea señor, nosotros estamos acá para cuidar la embajada. Ya hemos llamado a la policía y estarán aquí en unos minutos. Pero la verdad, todos hemos visto como se pasó usted la luz roja.

Efectivamente, a los dos o tres minutos llegó la policía, los pusieron al tanto, y Germán volvió al ataque, esta vez con un sargento.

Mientras tanto, el polaco daba vueltas y en su mal castellano, maldecía a todos, lamentando su mala suerte, diciendo “¡Tu paja, carrajo!”. Me imagino la frustración de tener la razón y que nadie lo entienda a uno. Creo que quería que le paguen, pero no estoy tan seguro. De todas formas sonaba muy grosero.

Yo, mas tranquilo, porque la guardia de asalto había vuelto a cuidar la embajada, conversaba con Julio y las señoras de temas profundos y serios, como cuantos minutos mas pasarían hasta que la policía perdiera la paciencia y se llevaran a Germán preso. Sobre todo, cómo íbamos a hacer para ir a comer algo, porque todos teníamos hambre y Germán tenía las llaves del auto.

En eso, se acerca el sargento con Germán, ambos con cara de grandes amigos. El sargento explica que para que el incidente quede resuelto a satisfacción de todos, el sugería ir a la comisaría, tranquilizar al polaco que el seguro iba a pagar los daños y llenar el parte policial tal como sucedieron los hechos, con la diferencia que quien iba manejando no era Germán, sino su esposa Teresa, por el tema del dosaje etílico.

Ante tan salomónica propuesta, un categórico ¡perfecto! se escuchó casi al unísono. Me di cuenta que Teresa no había dicho nada. Me imaginé que era lo lógico. Después de todo, ella iba a tener que apañar la metida de pata de su marido.

Esta sabiduría autóctona, tan propia de nuestros pueblos, es impensable en países desarrollados como el que vivo. ¡Y al final, que fácil es tener contentos a todos!

Llegamos a la comisaría, nos despedimos del sargento muy cariñosamente, Germán le dio una propina para que se compre su desayunito para el y su compañero. ¡No, si esto era una propuesta ganadora por todos lados!

En cambio el otro día leí que en Arizona, dos mexicanos, felices porque les habían dado un permiso temporal de trabajo, se compraron unas cervecitas para celebrar, y las pusieron en la “troca” (barbarismo proveniente de truck, usado para nombrar a los camiones o camionetas). Iban manejando por Tucson, muy contentos ellos, y con el stereo a todo volumen, hasta que entraron a un vecindario cualquiera.

De pura casualidad un patrullero se cruzo con ellos y decidió detenerlos por la bulla que hacia el equipo. Al acercarse, vio que el asiento estaba lleno de botellas, y que evidentemente los dos mexicanos estaban bastante ebrios.

El policía hablaba español, los hizo bajar y les explico que iban a ir presos por perturbar la tranquilidad publica, por llevar licor en la parte de adelante de la troca, (solo se puede llevar en la maletera o en la parte de atrás) y que además estaban manejando ebrios. El mas vivo de los dos, le dice al otro: tú déjame a mí…

Exactamente como lo hubiera hecho en Piedras Gordas o Coahuila, decidió sobornar al patrullero. Este se indignó, entonces el le ofreció mas. Como resultado final, ambos terminaron al otro lado de la frontera con lo que llevaban puesto ese mismo día. Al final, todos terminaron perdiendo. Los mexicanos porque se quedaron sin trabajo, y el policía porque tenía una cabreada que le debe haber sacado úlceras…

En la comisaría nos hicieron esperar fuera, a excepción de Teresa, por el tema de seguridad. Parece que había material electoral aun por distribuir, no lo se, pero ya estaba amaneciendo y estábamos todos conversando animadamente, con el propósito de ir a Las Velas, que era el lugar donde van a curar la cruda en La Paz. Se come muy rico, la verdad.

En eso, sale un guardia y pregunta por Germán y lo hace pasar. Cinco minutos después, Germán regresa con cara preocupada y nos dice: ¡mi mujer ha dado positivo en el dosaje etílico y va a tener que pasar el día presa!

¡No podíamos creerlo! Prácticamente no había tomado nada pero así son las cosas. Nelly estaba demudada, y Julio no podía dejar de reírse de la cara de Germán. Gonzalo había sacado su libretita y seguía buscando el teléfono del presidente. Felizmente, Bolivia y Perú son muy similares en todo aquello que represente llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

Entraron ambos a la comisaría, y aparentemente, hicieron una propuesta al comisario que no podía ser rechazada. 10 minutos después, salíamos todos ya no con rumbo a “Las Velas”, sino a concluir la velada.

La mujer de Germán estaba con una cara no de pocos amigos, tenía cara de ni un solo amigo. Es comprensible, pero para eso está el consuelo del marido. Mientras ella manejaba el deteriorado auto, escucho decir “Eso me pasa por casarme con una borracha”.

Ignoro cuantos días paso Germán en la clínica y cuántos meses lo pusieron a dieta.