marzo 31, 2016

El Sordo Que Quería Oir



El antiguo refrán “No hay peor sordo que el que no quiere oír” encierra una gran verdad y es que solo escuchamos y oímos aquello que queremos. Cuando le dicen a uno que está haciendo algo incorrecto, misteriosas barreras mentales cambian el significado y sentido de la advertencia.

Hay miles de ejemplos. El octogenario que cree que la rubia voluptuosa de veinte años lo quiere por ser él y no por su dinero, el pequeñín que se obstina en creer que Papa Noel existe, a pesar de haber escuchado a los adultos discutir sobre los regalos que le van a hacer en Navidad o el adolescente que tercamente tiene un amor silencioso y apasionado con una chica que a todas luces es atraída por otro muchacho. Para ellos, no importan frases como estas:

-        Pero papá, ¿no te das cuenta que le llevas sesenta años y que no hay manera que esta niña frívola y coqueta esté enamorada de ti?
-        Ya pues Coquito, es tiempo que te des cuenta que los juguetes te los trae tu papá. Es más, así puedes lograr que te traigan lo que más te gusta, porque se lo puedes decir veinte veces en vez de ponerlo en una carta que con las justas pudiste escribir.
-        Pepe, ayer vi a Sonia besándose con Carlos. Parece que ya están juntos. ¿No era que te gustaba a ti?

Aquellos que reciben este tipo de comentarios son los sordos mentales, que se niegan a vivir una realidad que no les agrada, y prefieren tamizar el contenido con un fuerte componente de benevolencia e ingenuidad que torna estas duras y demoledoras verdades en comentarios triviales e inofensivos y es aquí donde el refrán de marras mantiene su inmemorial vigencia.

Incluso si les preguntáramos a los aludidos qué opinan, nos contestarían sin duda que son tonterías, exageraciones o mentiras de gente que les tiene inquina o guarda alguna rencilla para con ellos.

Cuando Descartes en su famoso “Discurso del Método” llegó a la brillante y simplísima conclusión que lo único que estaba correctamente repartido en el mundo entero era el sentido común, porque todos estaban contentos con la porción que les había tocado en suerte, dio en el clavo de la naturaleza humana. Todos tenemos nuestros propios filtros, nuestros propios juicios, nuestros propios pensamientos y estamos conformes con estos. Es natural por tanto, asumir que lo que escuchamos de otros no será necesariamente cierto, sin importar el origen. Es así que el comentario de un extraño puede tener más valor de verdad que aquel hecho por un hermano o un íntimo amigo, siempre y cuando los filtros y juicios mentales favorezcan aquello que queremos creer.

Me veo obligado a ubicarme en este inmenso grupo de seres humanos que escuchan lo que les da la gana y no lo que deberían. Tomo conciencia que a pesar de ser un poco diferente a muchos, y no en el buen sentido de la frase sino todo lo contrario, creo que me he ganado a pulso el derecho de pertenecer al grueso del género humano medio, quien sabe un poco fronterizo, pero ahí estamos.

Lo curioso de mi caso es que poco a poco he ido perdiendo la capacidad de oír. Un poco por la edad, un poco por descuido y otro poco por exceso, me empecé a dar cuenta que no oía bien. Quiero recalcar la palabra “oír”, que no es lo mismo que escuchar. Yo oía bastante bien, pero no escuchaba correctamente y creo que la diferencia es obvia y me encontré frente a un problema doble. No era ya un oyente eficiente y nunca fui un escucha atento.

Inicialmente pensé que el problema era que al llevar una vida bilingüe, pues trabajo, leo, hablo y a veces hasta pienso en inglés y español, lo atribuí a mi incapacidad de poder captar algunas sutilezas de los múltiples sonidos de las vocales y consonantes del inglés, así como la pasión por el uso de acrónimos o abreviaciones de las palabras y que aborrezco perversamente.

Además, aquí en Texas tenemos el Tex-Mex, una especie de dialecto espantoso, en el que se dicen aberraciones como “te llamo p’atrás” por “I’ll call you back” o “seguranza” (sí, con zeta) en vez de seguros, amén de “pipa” en vez de “tubería”, “quitear” en vez de “renunciar”, “flipear” en vez de “reconstruir” y mejor no sigo.

Tanto los norteamericanos como los latinos de este gran continente que vivimos en los Estados Unidos, tenemos la tendencia a crear nuestra propias palabras y términos, y me imagino que es propio de cada etnia. No lo sé, pero la diferencia es clara: mientras que los “anglos” (otro término usado para definir a los pobladores de este país que tienen ascendencia europea, fundamentalmente inglesa) suelen ser prácticos y descriptivos en estas artes, creando o cercenando palabras como “rep” para representative o “repo” para reposession por citar un par, nosotros los latinos nos divertimos más y solemos acuñar palabras como “yarda” (yard) para denominar al jardín o “guachimán” (watchman) para un vigilante.

Cuando era niño, en el Perú había un diario llamada “Ultima Hora” que solía usar jerga y argot en sus titulares. Un día, mientras mi abuelo, mi hermano y yo esperábamos a mi padre salir de la oficina, compré el diario, pues el título me llamó la atención: “Choborras del Llauca felices: el agua está contaminada”.

Mi abuelo al ver el titular me arrebató el periódico intrigadísimo y por más que trató de descifrar la frase, no pudo. Para él, español castizo y purista que pensaba que España era la octava maravilla del mundo en orden inverso, era incomprensible que un diario usara jerga en sus titulares. Y sus adorados nietos cruelmente le negaban la posibilidad de iluminarlo con el significado de aquella frase que habían entendido al instante.

-        ¿Pero hijos míos, vosotros no sabéis que quiere decir esto? ¿Es el Llauca un lugar especial? ¿Son los Choborras alguna tribu del Amazonas?
-        No sabemos abuelito. Nunca hemos escuchado de ese lugar ni de esas personas.

El pobre abuelo, obsesivo y vehemente, no podía dejar de pensar en este intrincado titular. No fue sino hasta que llegó mi padre, que entre risas, le explicó que significaba que los borrachos del Callao, puerto de Lima, estaban felices, pues se verían obligados a consumir cerveza y otras bebidas espirituosas, escondiendo su habitual afición tras la contundente verdad del agua contaminada en el puerto.

Retornando al tema central, últimamente el tema de mi sordera se había agudizado. Había perdido, de acuerdo al orejólogo que me tocó en suerte, alrededor del cincuenta por ciento de audición en las frecuencias altas; léase voces de mujer, y además una zona de audición que sobre todo en el inglés, con sus palabras monosilábicas en la que los sonidos empiezan a confundirse peligrosamente, en especial en el teléfono cuando se trabaja; yo paso muy buena parte de mi tiempo en llamadas de todo tipo, en inglés y en español. Los médicos la llaman “salchicha de audición”, pues tiene forma de una salchicha en el grafico que me mostraron. Escuchar “can” por “can’t”, “bed” por “bet” por “get” por “let” no es gracioso, sobre todo si de negocios se trata.

Para aquellos que sufren de miopía, mi sordera era comparable a ver las cosas sin anteojos, es decir uno sabe que están ahí, pero no sabe bien que son. Y me cansé de preguntar: ¿Perdón? ¿Cómo? ¿Qué dijo? ¿Qué? hasta que finalmente admití que no oía como debía y que tenía que hacer algo al respecto.

Para evitar problemas como el que me ocurrió con los ojos, hice doble consulta y ambos médicos estuvieron de acuerdo que tenía que usar unos diminutos aparatitos que se colocan en las orejas. Incluso la medida de audición fue similar. Investigué y me di con la sorpresa que estos audífonos de marras pueden llegar a costar más de ocho mil dólares, de acuerdo a la calidad de los sonidos, supongo. Me probé unos de siete mil dólares y no sentí diferencia alguna con otros que costaban la tercera parte.

Finalmente, después de múltiples pruebas, moldes de mis orejas, gotas y múltiples recomendaciones, llego el día que mis audífonos estuvieron listos, y fui a estrenar mis nuevas orejas postizas. Ya habían hecho algunas pruebas, pero esta vez me dejarían ir con los aditamentos puestos y funcionando.
La especialista que me atendió era una mujer muy eficiente y amable que parecía construida en madera, flaca, alta y tiesa. Juro que por un momento traté de ver la bisagra que parecía mover su mandíbula inferior. La visualizaba en alguna película como Toy Story y concluí que estaba perdiendo dinero con ese trabajo.

Me explicó muy profesionalmente los pasos a seguir mientras yo me preguntaba como haría para seguir todos los consejos, recomendaciones y advertencias que debería seguir y mentalmente estimé que podría cumplir con solo la mitad. Mi mayor temor era olvidarme de quitármelos para ducharme. Tendría que espaciar los aseos diarios con las consiguientes protestas de aquellas que me rodean.

Al ponerme los aparatitos, sentí como que un mundo nuevo se me presentaba. Podía escuchar mi respiración, cientos de sonidos que ignoraba que estuvieran allí, el girar de la silla, el roce de la ropa y cien sonidos más. A mí me gusta todo lo nuevo y novedoso, pero esto era inimaginable y no estaba seguro que esta experiencia seria agradable después de todo. Eso sí, escuchaba con claridad absoluta, incluso conversaciones que no quería escuchar. Pero decidí enfrentar al mundo con esta nueva experiencia de la mejor manera que conozco: asustado y pesimista.

Cuando pusieron la cajita, las baterías, filtros, folletos y demás parafernalia en una bolsa de papel, casi me vuelvo loco. Un papel arrugado sonaba como que se avecinara una tormenta de rayos y truenos. Ya me habían advertido que tomaría unos días acostumbrarme, pero yo ya sabía que no era cierto.

Salí a la calle y mientras me dirigía a mi auto, los sonidos que no reconocía parecían perseguirme con cólera y agresividad. Era impresionante. No podía distinguir que cosas causaban esos sonidos tan variados y abundantes. Clic, tock, bommm, picpicpic, fiufiu, brrrrrr, eeeennnnn, salían de todas partes. Estaba en estado casi catatónico al llegar al auto y cerrar la puerta. Me di cuenta que podía escuchar mi respiración, mi ronquera y mi rechinar de dientes. El auto, por su parte, cargaba su propia batería de sonidos. El asiento, las llaves al chocar contra la consola, los chirridos, las fugas de aire, el aire acondicionado, y muchos más. Me sentí mucho más viejo, manejando un auto más viejo y con más achaques que yo.

El viaje a la oficina fue una jornada memorable, y mi primer día trabajando con mis audífonos, también. Por momentos sentía que era demasiado y que en cualquier instante saldría disparado sin rumbo a perderme en parajes silenciosos, pero me percaté que en aquellos se escucharía ya no el susurro, sino el rugido del viento, los trinos de los pájaros se habrían convertido en acordes terribles y dolorosos. Pensé en que escuchaba tan bien como los perros, que como se sabe, tienen los sentidos del oído y del olfato muy aguzados y me di cuenta que aquel que invento el dicho “Vida de perros” había sido perro o había usado estos aparatitos minúsculos.

Cincuenta veces pensé en quitármelos y darme por vencido, pero soy una curiosa combinación de tozudo con pusilánime con cierto matiz masoquista, así que seguí sufriendo por unas horas, hasta que llegó el momento en que la naturaleza me hizo un llamado para desahogar mis tuberías renales, por lo que me dirigí al baño con un ligero sentido de urgencia, porque a estas alturas de la vida, la próstata se ha convertido en un órgano de poca confianza.

Después de ubicarme convenientemente y ya con algunas gotas a punto de salir me relajé y empecé a orinar con el placer que a estas alturas representa. Un amigo me decía que con la frecuencia de estas visitas al baño y la escasez de orgasmos, había perdido la diferencia entre ambos. No llego a tanto, pero algo de razón tiene mi querido y coetáneo amigo. Desde luego, su próstata debe pesar por lo menos un par de kilos.

Sumido en esos pensamientos, de súbito escuché el sonido de un furioso chorro de agua saliendo a borbotones. Pensé que alguien había abierto un caño al máximo de su potencia, pero pronto me percaté que venía de mi propio y débil chorrito. ¡Dios mío, este soy yo! ¿Es que vuelvo a tener quince años cuando podía dirigir el chorro a discreción y mansalva a distancias prodigiosas, lleno de furor adolescente? ¡Oh milagro de la Naturaleza!

Desde que uso mis audífonos he dejado de tomar antidepresivos. Solo me aseguro de llevar una abundante cantidad de botellas de agua a donde vaya. ¡Qué bien me siento!


Sin duda, la tecnología hace maravillas…

2 comentarios:

  1. Que el sentido común haya sido repartido con ecuanimidad es una opinión de Descartes, pero también hay quien asevera que el sentido común es el menos común de los sentidos; ya lo dejó entrever el inefable Erasmo hace cinco centurias. Volviendo al tema principal del relato afirmo que toda "muleta" mecánica o electrónica tiene sus inconvenientes y efectos secundarios. Mis anteojos, por ejemplo, serían la solución perfecta a mi presbicia, si no fuera por el inconveniente de que nunca los puedo encontrar cuando los necesito. Me alegra saber que tus audífonos te hayan hecho regresar a la adolescencia. Muy divertido el relato. Mis felicitaciones.

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  2. Encantador, me he divertido mucho con ese relato, el parecido de la flaca con Pinocho, me dió un ataque de risa, muy cómico tu relato, y entretenido, sabes??? Me tienes como en las películas de suspenso, no imagino lo que viene detrás, que ocurrente!!!😁😁😁

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